La era del mensaje duro y extremo

¿Conoces a Waldo? Explica muchas cosas. Pero conocerlo no implica desconocer logros macro-económicos, ni algunas verdades de perogrullo. La intención que me motiva siempre es separar la paja del trigo.

Trato de razonar en este texto sobre la estrategia de la política actual.

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La era del mensaje duro y extremo

Cómo la ira, la exageración y la utilización de las redes sociales están redefiniendo la política global

Por José M. Ciampagna y la colaboración de ChatGPT

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Introducción

En política, la estrategia ha cambiado. Lo que antes requería discursos meticulosamente construidos o ideologías detalladas, ahora se ha transformado en mensajes extremos y emocionales. En la actualidad, en un mundo saturado de información, la gente busca respuestas rápidas y contundentes; ya no buscan ideas complejas, sino un desahogo emocional.

En la actualidad, tecnología y política se combinan para capturar nuestras emociones mediante mensajes extremos que las redes sociales amplifican y difunden rápidamente por ser los más llamativos.

Todo indica que esta tendencia tuvo sus inicios en Gran Bretaña con un personaje ficticio llamado “Waldo[1], un muñeco animado que, sin pretenderlo, reveló algo sobre la frustración colectiva y el poder de la indignación como fuerza política, guiando a una audiencia que busca autenticidad tanto como una salida para sus frustraciones. Aquel episodio fue una advertencia: la política emocional, sin filtros, no solo es posible, sino que puede arrastrar a las masas. Y esto no se quedó en la ficción: la política global se ha transformado, y Waldo ha encontrado muchas formas de materializarse en la realidad.

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Waldo

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Redes sociales: El megáfono de la ira colectiva

Las redes sociales han facilitado esta evolución, operando bajo una lógica que favorece lo que más reacciones provoca, especialmente los mensajes emocionales y que polarizan. La moderación, la perspectiva y el diálogo constructivo no son premiados por el algoritmo, y esto termina por crear un ciclo donde los mensajes que alimentan la ira y la indignación son los que alcanzan la mayor difusión. 

Un reciente estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) mostraba que una información falsa tiene, en promedio, un 70 % más de probabilidades de ser compartida en Internet. Hoy, los políticos comprenden que para captar la atención deben hablar alto, directo, con franqueza y sin filtros, y muchos han adoptado esta estrategia con sorprendente éxito.

¿Dónde está la moderación?

La moderación, si bien existe, no la encontramos en los discursos políticos. Dice el muñeco —nuestro personaje Waldo—: 

  • ¡Ustedes, los políticos, son todos iguales, es su culpa, que la democracia se haya convertido en una burla y nadie sepa para qué sirve …!  

Sin duda, hay una degradación lamentable y real en la práctica de la política. 

Los políticos, muchos de ellos, al menos, viven en una torre de marfil definida por el lugar donde una persona se separa felizmente del resto de la sociedad, favoreciendo sus actividades personales, un entorno de búsqueda intelectual desconectado de las preocupaciones de la vida cotidiana.

Al respecto, describe con una importante cuota de veracidad Guliano da Empoli [2]:

Ni la religión católica —que ha tenido que abandonar los tintes apocalípticos, las doctrinas del juicio universal y de la venganza de los perdedores en el más allá para adaptarse a la modernidad— ni la izquierda —que, a grandes rasgos, se ha reconciliado con los principios de la democracia liberal y las reglas del mercado— han sabido interpretar las necesidades calladas de la gente.

¿Cómo es posible tolerar los rituales dilatorios e ineficaces de una maquinaria gobernada por dinosaurios impermeables, en algunos casos con altos niveles de corrupción, a cualquier solicitud?

Y agrega para Argentina en una entrevista: “Algunas fuerzas podrían haber canalizado esa rabia, pero se banalizaban con el poder, aceptando realidades con impotencia y cinismo, desaprovechando políticamente esa ira”.

La dicotomía del futuro: Emoción y moderación

Vivimos en una época en la que el desahogo emocional y la búsqueda de información válida y cierta, coexisten en tensión. El reto está en saber cuándo escuchar a Waldo y cuándo confiar en una respuesta que, aunque no sea emocionante, esté respaldada por la inteligencia colectiva y el razonamiento crítico que busquen algo más que solo el impacto: aquellas que buscan construir conocimiento y abrir el diálogo. 

Pero el reto existe y sigue vigente. ¿Dónde encontramos el pensamiento crítico en estos días …? ¿Qué político ofrece separar la paja del trigo con equidad y justicia? Y si lo hubiera, seguramente su mensaje no sería difundido y popular.

La crudeza como estrategia política global

Lo triste es que los líderes de diferentes países han aprendido cómo funcionan los mensajes ofensivos y extremos, y lo vemos en campañas que se vuelven virales no solo por su contenido, sino por su tono agresivo y disruptivo. En lugar de abogar por debates constructivos, los mensajes agresivos, cargados de sarcasmo o ira, dominan las estrategias electorales. 

Esta tendencia no distingue ideologías, sino que se adapta: ya sea desde la derecha o la izquierda, el mensaje radical logra captar una audiencia cansada y decepcionada. Los políticos descubren que la ira —dirigida hacia instituciones, élites o “enemigos” ideológicos (por ejemplo: la llamada casta) — es una herramienta poderosa para fortalecer su base de apoyo que permite conectar a nivel emocional, incluso por encima de las políticas concretas. Cuando decimos políticas concretas, referimos a políticas que buscan el bienestar de la gente bajo una intención cierta de mejora racional.

¿Qué nos dice esto sobre el futuro de la política?

El atractivo de esta nueva retórica radica en su simplicidad y emocionalidad, pero plantea riesgos serios para el debate democrático. Al priorizar la emotividad sobre la racionalidad, la política se convierte en una lucha de quién grita más fuerte en lugar de quién presenta las mejores ideas. Además, la polarización creada por estos mensajes extremos dificulta encontrar puntos en común, lo cual es esencial para construir sociedades cohesionadas.

Para los ciudadanos, el reto importante es evitar quedar atrapados en esta corriente de mensajes radicales y entender que el poder de la emoción en política debe ser contrarrestado con información crítica y equilibrada. Las redes sociales son el escenario de esta batalla, y la responsabilidad recae tanto en los usuarios como en las plataformas.

La Paradoja de Waldo

La figura de Waldo, que en su momento parecía una exageración distópica, se ha convertido en una triste realidad: los ciudadanos están dispuestos a seguir figuras disruptivas que ofrecen una válvula de escape a su ira, aunque no siempre una solución a sus problemas. Quizás el fenómeno de Waldo nunca fue solo una caricatura, sino un reflejo de una tendencia real en la que la política se aleja de la razón para abrazar la emoción en su forma más pura. 

Como ciudadanos, estamos llamados a reflexionar sobre el tipo de política que queremos apoyar: una que alimenta la ira o una que busca el diálogo y la construcción de ideas. Aunque los mensajes extremos han demostrado su eficacia, su efecto a largo plazo sobre la democracia y la sociedad podría tener un costo demasiado alto. 

La solución a nuestros problemas merece que la ciudadanía, se informe, esté atenta, se eduque y esté preparada para mirar más allá de sus narices.


Nota: Este artículo fue generado en parte por un sistema de inteligencia artificial (ChatGPT de OpenAI)


[1] “Waldo” es una figura ficticia, un personaje que en la serie “Black Mirror” retrata a un muñeco animado que ridiculiza a la clase política. Al principio, Waldo es solo una caricatura, pero rápidamente se convierte en una voz disruptiva que captura la frustración popular.

[2] https://www.elcohetealaluna.com/ira-y-algoritmos/


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