Introducción, cuando el hielo hablaba antes que los satélites
Antes de la invención del GPS y de los mapas digitales, hallar una ubicación precisa demandaba paciencia, cálculos y una mirada al cielo. Este relato, fundado en hechos reales, narra una experiencia científica experimentada por el autor en 1974. En aquel periodo, el sistema de posicionamiento global (GPS) era ciencia ficción; la ubicación geográfica de un lugar se determinaba a través de observaciones astronómicas, utilizando instrumentos ópticos como el teodolito y cálculos manuales.
En la siguiente crónica se relata una misión realizada para monitorear la Gran Grieta situada detrás de la plataforma de hielo donde estaba asentada la base Belgrano, en un entorno inhóspito donde la ciencia se enfrentó a los límites del clima, la soledad y el tiempo.
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Q4, el nombre de la “chancha”
—Q4, Q4…, Q4… —La voz de Pray retumbaba en la radio mientras el silencio blanco invadía todo.
“Q4” no era un nombre cualquiera. “Q4” era el nombre que la marina Argentina asignaba al rompehielos general San Martín. Nosotros le denominamos afectuosamente “la chancha”. Posteriormente, decir “Q4”, se transformó en una especie de plegaria, un mantra desesperado ante el vasto y frío hielo polar. La acción de gritarlo implicaba aferrarse a una esperanza que se escurría como el calor en un infierno blanco.
La historia comenzó en 1973, un año antes de los sucesos que vamos a relatar; cuando el Departamento de Geodesia del Instituto Geográfico Militar (actual Instituto Geográfico Nacional), en cooperación con el Instituto Antártico Argentino, recibió la tarea de supervisar el movimiento de la Gran Grieta. La trascendencia de la labor residía en que la base Belgrano se ubicaba en la región norte a la misma, adyacente al mar de Weddell y la fractura amenazaba su estabilidad. Se necesitaba prever su evolución, ya que, si se abría, el bloque de hielo sobre el que se asentaba la base podría desprenderse hacia el mar. Se debía prever el evento y proporcionar una fecha probable para el desenlace.
Para monitorearla, se estableció una red de triangulación con estaciones a ambos lados de la grieta. Cada verano, se medían distancias y ángulos para detectar su apertura. Año a año, se realizaban mediciones de ángulos y distancias entre los bordes para determinar su apertura.
No obstante, uno de los retos más grandes era determinar el movimiento absoluto de la masa de hielo. En otras palabras, era necesario observar la ubicación geográfica, latitud y longitud de uno de los vértices de la triangulación, y relacionarlo con el sistema de referencia terrestre.
Las observaciones solares no eran suficientes, el movimiento de la grieta podía estar en el entorno del error de la determinación, así que, liderados por el profesor Enrique Spiess, desarrollamos un sistema para observar estrellas de día. Se había examinado un artículo de origen francés que afirmaba la capacidad de medir estrellas de día para la mejora de la precisión de los resultados. Para aplicar la metodología, se programó un software que calculaba la posición de las estrellas en intervalos de diez segundos para que entraran en el campo de visión del teodolito. Se completaba el sistema adaptando el aparato mediante un tubo óptico especial que permitiera medir estrellas de primera magnitud.
La travesía comenzó a bordo del rompehielos General San Martín. Tras varios días de travesía por el cruce del estrecho de Magallanes, en un barco sin quilla, con olas de tres metros, que alteraban hasta el estómago más seguro, los hechos mencionados habían convertido al rompehielos en un barco fantasma.
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Superada la navegación en el estrecho, llegamos a la costa cercana a la base Belgrano. Desde allí, un helicóptero nos llevó al sur de la grieta.
Bajamos con lo justo: el viento helado generado por las aspas, sumado al frío extremo, nos obligó a dejar parte del equipo, entre ellas las viandas de comida. El motor del helicóptero no se podía apagar porque se corría el riesgo de que por el frío no volvería a arrancar. Cumplimos las observaciones topográficas, habían durado cuatro horas y estuvimos otras dos haciendo cálculos y comprobando, pero el cielo nublado impidió las mediciones astronómicas.
Hasta el regreso del helicóptero, montamos una pequeña carpa para protegernos. Sin embargo, el clima se deterioró: niebla blanca, escasa visibilidad y la radio cesó su funcionamiento. Se podía observar únicamente a 30 metros por una densa neblina blanca y el helicóptero no retornó.
El tercer día, después de haber terminado el trabajo, seguía el mal tiempo. Nadie contestaba las llamadas de radio de mis compañeros, porque el aparato dejó de funcionar. Estábamos aislados.
Frío. Hacía mucho frío, y calaba los huesos. Solo el calor de los cuerpos lo aminoraba estando juntos en la carpa.
En el grupo éramos tres; Alfonso tenía alrededor de 60 años, quizás, un poco más, geodesta idóneo, estaba de vuelta de la vida. Días antes, en el rompehielos, me había contado de sus hijos y nietos. Pardina, más joven, era ingeniero, casado y con hijos. Y yo, soltero, apenas recibido de agrimensor, sin nada que perder. Todo para mí era aventura, juventud e inconsciencia supina.
Todos sabíamos que la “Chancha”tenía que volver al continente. Terminado el aprovisionamiento anual de la base; los hielos podían encerrar al barco e impedir su vuelta al mar. Durante 20 días al año podía entrar a la costa de la barrera, cerca de la base Belgrano. Habían pasado 14 días de su llegada a Belgrano. El comandante no arriesgaría el barco por esperarnos. Si no nos venían a buscar, teníamos un año por delante. La gente de la base, lo haría en snowcat por tierra, pero tardarían semanas en llegar.
—Q4, Q4…, Q4 —no cesaban las voces de mis colegas de clamar.
Ese código de llamada, que identificaba al rompehielos, se convirtió en súplica. Con el sol girando constantemente, perdimos la noción del tiempo. Día y noche eran iguales. Solo el cansancio del cuerpo marcaba la diferencia.
Infructuosamente, estaban monotemáticos, ellos trataban para arreglar la radio e insistían en probar de diferentes maneras, pero nadie contestaba. En mi caso, para distraerme, busqué comida de años anteriores alrededor de la torre de medición. Tuve suerte: hallé varias cajas intactas. Ahora podíamos aguantar por lo menos dos semanas más. Chocolate, leche en polvo, galletas, caldos, y elementos de cocina formaban parte del botín.
—Q4, Q4,…, Q4 —; Ahora se oía la voz de Pardina clamar; Alfonso se había cansado.
Una tarde, tomando un buen café con leche, oímos el ruido del helicóptero sobre nuestras cabezas, pero seguía el mal tiempo y no bajó. Los pilotos no podían ver el piso y nosotros tampoco a ellos. Imaginen una especie de neblina espesa de color de la leche. Tampoco sabíamos si nos habían visto. La comunicación por radio no existía.
—Q4, Q4, …, Q4 —ahora se oía de nuevo la voz de Alfonso. Era su turno luego de Pardina.
Al quinto día, el cielo abrió un poco y después de unas horas el zumbido del helicóptero nos devolvió el alma al cuerpo. El sol se veía sobre el cielo azul celeste y ya no era una mancha brillante sobre el blanco panorama de la neblina. El helicóptero pudo bajar. El viento frío, proveniente de las aspas, azotaba nuestros cuerpos, pero ahora la helada sensación era una buena noticia. Juntamos nuestras cosas y los instrumentos de medición y rápidamente subimos a la nave. A la media hora, aterrizamos sobre el barco en navegación. Nos habían rescatado. Fue el último viaje de los helicópteros que enseguida fueron guardados en el hangar. No podían volar más hasta llegar a Ushuaia, puerto de salida y llegada. El rompehielos avanzaba rumbo al norte y volvíamos a casa. Sobre el tema, los tres nunca volvimos a hablar de lo vivido.
El sistema de observación de estrellas de día no se pudo probar entonces, pero llegando el otoño, el suboficial Moreno, quien permaneció en la base para la campaña de invierno, logró realizar las mediciones con éxito.
Sus resultados superaron la precisión de las mediciones solares. Moreno fue luego el navegante que llevó al general Leal al Polo Sur, logrando por primera vez que un argentino pisara ese punto exacto del planeta.
La base Belgrano fue abandonada años más tarde y reemplazada por Belgrano II. En 1983, el bloque de hielo donde se asentaba se desprendió y se perdió en el mar.
La historia y la ciencia se habían cruzado en aquellos helados parajes.
Aquella experiencia, en condiciones extremas, fue mucho más que un episodio de supervivencia: fue un punto de inflexión en la precisión geodésica en regiones polares. Gracias a esa tecnología pionera desarrollada en medio del hielo, se amplió el conocimiento sobre el movimiento de las plataformas antárticas.
—Q4, Q4…, Q4… más de 50 años después, aún resuenan hoy en mi memoria aquellas voces lejanas de los días de Antártida. Y con ellas, la certeza de que la ciencia, la humanidad y el riesgo pueden confluir para avanzar un poco más sobre lo desconocido.
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