Las “Twins” de Diane Arbus

Hace muchos años, la vida me brindó una oportunidad única que cambió el rumbo de mis días, fue una sorpresa que me tenía reservada. En contraste con mis tareas habituales de ingeniero, surgió una actividad que se convirtió en una parte significativa de mi vida: la escritura. 

En los siguientes párrafos les cuento como sucedió. 

En ese entonces, mi tiempo se dividía entre la dirección de mi empresa de informática dedicada a la implementación de Sistemas de Información Geográfica y la enseñanza en la Universidad. Mis alumnos, ávidos de conocimiento, a menudo me solicitaban apuntes sobre los temas que abordaba en mis clases. Sin embargo, siempre me enfrenté a dificultades para expresar mis ideas por escrito, quizás debido a mi formación propias de las ciencias exactas. Las faltas de ortografía, la redacción deficiente, la estructura confusa y la falta de claridad eran defectos —algunos que todavía persisten— comunes en mi escritura. Solo el corrector ortográfico de los procesadores de texto lograba mitigar en parte estas dificultades. 

Ante las persistentes solicitudes de mis alumnos y mi deseo de mejorar, decidí buscar soluciones y me inscribí en un taller literario llamado «Tertulias para escribir». Mi objetivo era perfeccionar la escritura y facilitar la creación de apuntes más efectivos. Este taller, bajo la dirección de Germán Maretto, se celebraba en la Biblioteca Córdoba. A medida que me sumergía en la experiencia del taller, descubrí que se trataba de un espacio de escritura creativa de ficción, muy alejado de mis expectativas iniciales de orden gramatical . Aunque no abordaba directamente mis problemas con los apuntes, me cautivó por completo. Experimentar cómo un mismo simple estímulo podía desencadenar textos tan diversos entre los participantes del taller, fue un descubrimiento maravilloso. Mi interés persistió y continué asistiendo y participando durante cuatro años adicionales más.

Recuerdo que, en las primeras clases, el estímulo para escribir fue una fotografía de Diane Arbus, una imagen que retrataba a unas niñas gemelas que parecían mariposas.

Ahora, pasados mas de diez años, me gustaría compartir con Uds. un cuento que seguramente difiere significativamente del texto original que supe redactar en esos primeros días, pero que refleja la transformación experimentada a lo largo de este proceso.

Cuento:

Las “Twins” de Diane Arbus

Ana y María, las enigmáticas mellizas Simpson, vivieron hasta la venerable edad de ochenta años, unidas por el misterio que residía en sus ojos cristalinos, portadores de secretos ancestrales. A pesar de que una famosa fotografía de Diane Arbus sugería un innegable parecido físico, en realidad, eran dos almas completamente diferentes. La icónica imagen se capturó en la primavera de 1942, en Amsterdam, bajo la caricia de una suave brisa, justo antes de su trascendental viaje a América.

Esa instantánea marcó el último vestigio tangible de sus vidas compartidas. Las mellizas, motivo de orgullo para Teodoro Simpson y Alice Stemberg, habían crecido en la escuela para señoritas Heber Husserl de Frankfurt, donde recibieron una educación clásica y formal. A pesar de las diferencias que el tiempo traería, siempre mantuvieron un vínculo irrompible como hermanas y, aún más, como amigas inseparables.

Cuando la familia Simpson emprendió su travesía desde Alemania en busca de nuevas oportunidades, el destino decidió intervenir con brutalidad. El barco que las transportaba al Nuevo Mundo naufragó en aguas traicioneras, y el caos del rescate las separó de manera definitiva. Mientras una recaló en tierras americanas, la otra encontró refugio nuevamente en Europa. Los años pasaron implacables y bifurcaron sus vidas de manera irremediable.

Ana, con su espíritu inquebrantable, contrajo matrimonio, enviudó y, finalmente, encontró el amor una vez más. Dio a luz a dos hijos y fue bendecida con numerosos nietos. Su morada se estableció en la histórica ciudad de Boston, donde se convirtió en una académica distinguida, abrazando el agnosticismo con convicción, y finalmente, obteniendo un doctorado y enseñando filosofía en la prestigiosa Universidad de Harvard.

Por otro lado, María, la melliza de la espiritualidad, decidió consagrar su vida a Cristo. Se unió a las filas de las monjas recluidas de las Esclavas de San Francisco y se retiró a la soledad de un convento en las apacibles afueras de Munich. Su vida se caracterizó por el silencio y la oración, una existencia austera y profundamente devota.

Curiosamente, al llegar al ocaso de sus vidas, el destino les brindó una sorprendente revancha. El 25 de julio de 2009, antes de emprender el viaje hacia la eternidad, Ana y María se reencontraron, compartiendo una vez más sus existencias entrelazadas por un misterio que ninguna de las dos podía comprender por completo. En aquel emotivo reencuentro, bajo el firmamento estrellado de la noche, se tomó una fotografía para inmortalizar el momento. Diane Arbus no fue la fotógrafa en esta ocasión, pero la brisa continuó susurrando su eterna canción en ese lugar de encuentro, como si el viento mismo rindiera homenaje a la enigmática historia de las mellizas Simpson.

Es en las cartas que ellas escribieron, cartas que hablan de sus vidas, sus elecciones y sus reflexiones sobre el tiempo transcurrido, donde encontramos la clave para entender la magia de su reunión. A través de las palabras plasmadas en esas cartas, el misterio de la vieja fotografía y el paso del tiempo se entrelazan, creando un relato que trasciende los límites de la realidad y se convierte en un cuento de Borges, donde el enigma y la conexión perduran a lo largo de los años, como un hilo invisible que une sus vidas para siempre.

—Carta de Ana a María

Querida hermana,

El tiempo parece un enigma indeleble que ha tejido nuestra historia de formas inesperadas. La vieja fotografía que compartimos, aquella capturada en Amsterdam en 1942, sigue siendo un misterio que el paso de los años no ha logrado disolver por completo. ¿No te parece fascinante cómo nuestras vidas tomaron rumbos tan diferentes desde aquel momento congelado en el tiempo?

Mis días en Boston han estado llenos de cambios y desafíos, pero también de amor y alegría. He criado a dos hijos y he sido bendecida con nietos que llenan mis días de risas y travesuras. Mi carrera en la Universidad de Harvard ha sido un logro que jamás habría anticipado en nuestros días de juventud en Frankfurt.

Me pregunto cómo has encontrado paz y propósito en tu vida en el convento en las afueras de Munich. Tu elección de servir a Cristo es un recordatorio constante de la devoción que siempre has tenido en tu corazón. ¿Cómo han sido tus días de oración y silencio?

Aunque nuestras vidas han tomado rumbos opuestos, el misterio que compartimos en esa antigua fotografía sigue vivo en mí. Espero que podamos volver a encontrarnos antes de que el tiempo nos lleve más allá de este mundo.

Con amor y eterna sorpresa,

Ana

—Carta de María a Ana

Querida hermana,

La distancia física que nos separa es grande, pero el lazo que compartimos como mellizas y amigas es eterno. He vivido una vida de reclusión en el convento de Munich, donde la oración y el silencio son mis compañeros constantes. Mi elección de consagrar mi vida a Cristo ha sido una fuente de paz y propósito que llena mi corazón de gratitud.

Es asombroso cómo el destino nos separó de manera tan abrupta cuando el barco que nos transportaba naufragó en aguas turbulentas. El tiempo nos ha llevado por caminos opuestos, y me maravilla cómo has prosperado en Boston como académica distinguida y madre amorosa.

La vieja fotografía en Amsterdam sigue siendo un enigma que el tiempo no ha logrado desentrañar por completo. ¿No te parece que nuestras vidas están entrelazadas de manera misteriosa? Anhelo el día en que podamos reunirnos nuevamente y compartir nuestras experiencias y secretos que el tiempo ha forjado en nosotros.

Con amor y reverencia, María

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