Una reflexión sobre la evolución de los números porcentuales de la clase media y pobre en Argentina. 

Mis padres eran de clase obrera. En otro esquema de clasificación eran de clase media baja o pobres. En aquellos momentos, transcurría la década del 50, podíamos vivir con menores ingresos dignamente. Con lo que ganaban mis padres alcanzaba para comer, alquilar un departamento de dos ambientes, ir al cine, comprar útiles escolares, golosinas y remedios, de vez en cuando ir a comer afuera, vestirse sin lujos, viajar eventualmente, y moverse. Tener un automóvil o casa propia era mas difícil; el automóvil y la tele eran sólo para ricos. Los dos: Flora y José eran de Junín, un pueblo de la provincia de Buenos Aires y por trabajo se mudaron a Mar del Plata y luego en los 60 a la Capital Federal, hoy CABA. Uno tenía simpatía por el peronismo y el otro tenía preferencia por los radicales. Los dos contaban historias vividas de la familia Duarte. A Juancito lo conocía mi padre y a las hermanas Duarte; excepto Eva María (Evita), eran conocidas de mamá. Las hermanas Elisa, Erminda y Blanca Duarte (no sé si exactamente todas) habían sido sus alumnas de bordado —mi madre fue profesora de labores— en la casa Singer. Mi padre trabajaba de maître en hoteles y restaurantes y atendió las mesas de siete presidentes de distinto color. Pero, vale aclarar y es importante hacerlo: nunca vivimos de la política.

Con el paso del tiempo fuimos progresando. Mamá , papá y yo a su tiempo (ingrese de cadete en Gicovate S.A. a los 17), todos trabajábamos y tuve la posibilidad de estudiar como tantos otros hijos de obreros. Ellos pudieron comprar, después de años, un departamento y entre papá y yo: un auto pequeño. Cumplir con el sueño de mi hijo el doctor fue posible. En el tiempo me recibí de agrimensor y luego de ingeniero geodesta.

El relato anterior lo hice en virtud de mostrar que la Argentina de esos tiempos es hoy una historia antigua, pero era una historia común en una Argentina que ya no existe.

En el diario La Nación, en una nota de Eduardo Oliveto, leí en estos días una serie ordenada de números que me despertaron y me confirmaban todos los supuestos. En ellos quedaba expuesta la dura realidad de nuestra historia. Leía en la nota que a mediados de los 70 el porcentaje de la clase media era del 75% y los pobres apenas llegaban al 4%. Hoy, los porcentajes son un 45 por ciento para los pertenecientes a la clase media y hay un 40 % de pobres.

Luego, la pregunta que hay que hacerse es: ¿Qué paso en la Argentina?  En una Argentina antes reconocida en toda Latinoamérica por su amplia clase media, con educación  y gente humilde que podía vivir dignamente y la Argentina de hoy.

No cabe duda que es dificil encontrar una única respuesta, hay  varias y de distintos colores políticos. Por un lado algunos le echarán la culpa al peronismo o a la dictadura militar, otros al gobierno del PRO y no faltan los que mencionarán a los gobiernos radicales y los kirchneristas. Tambien habrá los que le echan la culpa al FMI, a los sindicatos, a las empresas y el capitalismo, a la globalización, últimamente a la casta política y otros etcéteras. Todas estas opiniones tienen algo de verdad pero, la verdad total nunca. 

En mi caso, haciéndome eco de las palabras de Pablo Gerchunoff y  Pablo Fajgelbaum, citados en la nota anteriormente mencionada de Oliveto, mi opinión coincide con la siguiente causa:

«La voluntad de organización colectiva pereció frente a los intereses individuales y sectoriales. Luego, concluyen lapidarios los autores: “En la Argentina el punto focal compartido nunca se haría presente”.»

Pasaron 70 años de los inicios de lo década del 50, mucha agua paso bajo el puente y de distintos colores y matices, pero siempre del mismo río de origen y  hoy nos miramos con asombro, con desconcierto, en medio de la incertidumbre, y sentimos que hemos arruinado la esperanza de vivir en un país mejor. Los valores que sustentamos con las palabras divergen de los hechos, la hipocresía y la ignorancia por creer saberlo todo nos ha tomado. Cabe pensar que el nido de la serpiente esta entre nosotros, entre “todos” nosotros sin distinción.

Muchachada de a bordo de este barco sin rumbo, ¿Volveremos a equivocarnos?

La respuesta es “no”.  Todos deberíamos haber aprendido.

Las opciones son: 

—Seguir poniendo leña para ahondar las diferencias sociales, o en cambio; 

—Poner ladrillos en la construcción de un puente para aquellos que quieran superarse.

No rifemos nuestro destino. Las pruebas están a la vista. Son evidentes.

….

Nota: el artículo citado de Eduardo Oliveto:”El país necesita abrazar la revolución de la sensatez”, está publicado en el diario la Nación digital y lo pueden encontrar en el siguiente link:

https://www.lanacion.com.ar/ideas/el-pais-necesita-abrazar-la-revolucion-de-la-sensatez-nid08102023/

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