Homenaje al ingeniero civil Rodolfo Arinci
En estos días falleció Rodolfo F. Arinci, un ingeniero al que conocí hace muchos años y cuya figura volvió inesperadamente a mi memoria junto con una de las experiencias técnicas más intensas de mi vida profesional.
Al leer una nota sobre su muerte encontré una expresión sencilla: “un hombre ejemplar”. La frase quedó resonando en mi cabeza porque, en algunos casos, deja de ser una fórmula de compromiso y pasa verdaderamente a definir a una persona.
Corría aproximadamente el año 1983. Yo tenía poco más de treinta años y me encontraba a cargo, tanto de las mediciones como de la dirección técnica[1], de una red geodésica destinada al replanteo inicial del futuro Puente Posadas-Encarnación.
La responsabilidad era importante. La idea central consistía en garantizar que la construcción del puente avanzara desde ambas márgenes del río y terminara encontrándose correctamente en el medio. Detrás de esa formulación aparentemente simple existía una enorme complejidad geométrica y técnica.
La red estaba formada por un cuadrilátero con doble diagonal y un punto central, medido mediante observaciones angulares de precisión y un distanciómetro electrónico ELDI-2[2], un instrumento muy moderno para aquellos años, cuando la electrónica comenzaba recién a transformar la geodesia clásica.
Hoy, una tarea semejante podría resolverse relativamente rápido utilizando receptores GPS geodésicos y software especializado. Pero en aquel tiempo el trabajo tenía otra dimensión.
Cada campaña requería planificación, logística, traslado de equipos, cruce del río, instalación cuidadosa de los instrumentos y largas horas de observación angular. Luego comenzaba otra etapa todavía más silenciosa y exigente: el cálculo.
Las compensaciones por variación de coordenadas podían demandar semanas enteras de trabajo. Había que revisar matrices, controlar cierres, verificar residuos y seguir cuidadosamente cada aproximación matemática. Gran parte del proceso se realizaba prácticamente a mano. Quienes trabajamos en aquella época sabemos que no se trataba solamente de calcular: había que comprender profundamente la geometría de la red y desarrollar una intuición casi física sobre el comportamiento de los errores.
Fue en ese contexto donde apareció el ingeniero Arinci.
Además de su actividad profesional, había sido profesor de Geodesia en la carrera de Agrimensura, y muchos de sus alumnos lo recuerdan todavía hoy como un docente excepcional, de esos que logran transmitir no solo conocimientos sino también pasión y seriedad profesional.
Más allá de su enorme preparación técnica, Arinci tenía una presencia humana difícil de olvidar. Era un hombre alto, siempre correctamente vestido, de trato amable y sereno, aunque detrás de esa formalidad aparecían a menudo gestos profundamente emotivos. Poseía una sólida formación profesional, una profunda fe católica y una vida familiar marcada por el amor a sus hijos. Formaba parte de aquella generación de ingenieros para quienes el conocimiento técnico, la responsabilidad profesional y ciertos valores personales constituían un todo inseparable.
En esos años era además uno de los directores de la consultora INCONAS, empresa ampliamente reconocida por su participación en grandes proyectos de ingeniería. Dentro de ese ámbito, Arinci representaba para muchos una referencia de solvencia técnica y equilibrio humano.
Recuerdo la impresión que causaba entrar en su consultora y encontrar allí una PDP-11 [3]dedicada al cálculo científico. Para la Argentina de comienzos de los años ochenta aquello parecía casi una visión del futuro.
Pero lo verdaderamente importante no era la máquina. Lo importante era la actitud del hombre que estaba detrás de ella.
Con enorme generosidad puso a disposición sus conocimientos, su tiempo y sus recursos para colaborar en aquel problema técnico. Arinci, además de ingeniero civil, sugirió incluso utilizar un programa de cálculo de estructuras —creo recordar relacionado con análisis de tensiones— para modelar matemáticamente la compensación de la red.
Y ocurrió algo que todavía recuerdo con claridad: los resultados coincidieron.
Aquella coincidencia no solo validaba el procedimiento computacional. También representaba una confirmación silenciosa de todo el trabajo geométrico y matemático realizado manualmente durante semanas.
Con el tiempo comprendí además algo más profundo. La geodesia y la ingeniería civil hablaban, en el fondo, un mismo lenguaje matemático: matrices, equilibrio, rigidez, distribución de errores y búsqueda de coherencia espacial. El puente no solo uniría dos márgenes; también unía disciplinas, conocimientos y generaciones técnicas.
Años después, aquella obra recibiría importantes reconocimientos internacionales por su calidad ingenieril. Sin embargo, pocas personas imaginan el enorme trabajo geodésico que suele existir detrás de las grandes obras.
Puentes, túneles, represas y grandes infraestructuras fueron muchas veces verdaderas epopeyas técnicas silenciosas. Cuando admiramos una obra terminada vemos el hormigón, el acero o la arquitectura. Pero rara vez pensamos en los puntos invisibles, las largas jornadas de medición, las noches de cálculo y la enorme responsabilidad de quienes debían garantizar que todo coincidiera exactamente en el espacio.
Pienso, por ejemplo, en obras monumentales como el Túnel de San Gotardo, donde perforaciones realizadas desde distintos frentes debieron encontrarse bajo la montaña con precisión extraordinaria. Detrás de esas hazañas también existieron generaciones de geodestas, ingenieros y técnicos trabajando silenciosamente para hacer posible lo aparentemente imposible.
Con los años, precisamente en 2013, el ingeniero Arinci publicó un libro titulado ¿DÓNDE ESTOY? Del gnomon al GPS. La larga epopeya de la humanidad para determinar su posición sobre la Tierra, una edición personal y limitada realizada para sus amigos. Tuvo la gentileza de obsequiarme el ejemplar número 26 con una dedicatoria personal que todavía hoy me honra y emociona.
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Tal vez por eso vuelvo nuevamente a aquella frase inicial.
Sí. Creo sinceramente que Rodolfo Arinci fue un “hombre ejemplar”.
No solamente por su capacidad técnica, que era enorme, ni por su prestigio profesional o académico. Lo fue sobre todo por algo mucho más difícil de encontrar: la disposición honesta a ayudar, compartir conocimiento y entusiasmarse con los desafíos de otros sin mezquindades ni protagonismos.
Con los años uno descubre que la precisión también puede ser una forma de ética.
Y sospecho que esa ética fue una de las marcas más profundas de toda aquella generación de profesionales.
[1] Por Inagras S.A., consultora cordobesa de Agrimensura dirigida por Carlos Tatián y Enrique De Biase.
[2] El distanciómetro ELDI-2 de Carl Zeiss, fue uno de aquellos instrumentos que marcaron la transición entre la geodesia óptico-mecánica clásica y la geodesia electrónica moderna. Para muchos profesionales de entonces, esos primeros distanciómetros electrónicos producían casi fascinación tecnológica. Porque de pronto permitían precisiones y velocidades que pocos años antes parecían extraordinarias.
[3] Computadora PDP-11 fabricada por la empresa Digital Equipment Corporation. “Digital” tenía un prestigio semejante al que hoy podría tener una gran empresa de computación avanzada o inteligencia artificial. Sus máquinas eran vistas como herramientas serias de trabajo científico, no simplemente como computadoras comerciales.
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Apéndice
Últimas Frases del libro de Rofolfo F. Arinci «¿Donde estoy? Del gnomon al GPS«
… Por último, deseo señalar un aspecto que escapa al ámbito de la técnica, de la economía y de la confiabilidad de los sistemas y se interna en un terreno de carácter más sentimental y hasta podría decir, rodeado por cierto halo de romanticismo.
Cuando observamos una estrella para fijar, en función de su posición en la esfera celeste, nuestra posición sobre la Tierra, no recibimos de ella ningún tipo de mensaje o información particular especialmente claborada para los seres humanos, salvo su luz que nos permite identificarla y observarla.
La inteligencia y el esfuerzo humano han permitido, observando esa luz, determinar primero sus coordenadas en la esfera celeste, y luego mediante procedimientos adecuados de medición y cálculo derivar nuestra propia posición. Es maravilloso entonces pensar que, si hay vida inteligente en otros cuerpos celestes, es posible que la observación de esa misma estrella permita a otros seres determinar sus propias posiciones sobre los astros que habitan, tal como lo hacemos nosotros. Cada estrella es así un punto de referencia verdaderamente universal, que puede ser utilizado simultáneamente y sin limitación alguna, salvo la condición de su visibilidad a simple vista o por medios ópticos, por cuantos seres inteligentes habiten la Galaxia para determinar su posición particular. La observación de estrellas para responder a la pregunta ¿Dónde estoy?, es una ciencia y un arte cuya práctica produce un verdadero placer espiritual, y la satisfacción de arrancarle al maravilloso firmamento una información valiosísima, a pesar de su inmutabilidad y del silencio pertinaz de los astros. Un incomparable recurso que estará siempre disponible para tranquilidad y satisfacción de nostálgicos incurables.
En resumen, a todos los efectos, el posicionamiento satelital GPS, GLONASS, o sus equivalentes europeo, chino o de cualquier otro origen, constituye y constituirá un avance prodigioso de la ciencia y de la tecnología que ha resuelto en forma definitiva el arduo problema de determinar nuestra posición geográfica y nuestra ubicación instantánea en una escala temporal accesible y uniforme, y lo ha logrado en ambos casos con un elevadisimo grado de exactitud, superior a las necesidades corrientes de la sociedad y suficiente tambien para los más exigentes requerimientos de la ciencia. No cabe duda alguna, por lo tanto, de que en la actualidad constituye el método indiscutible para el posicionamiento terrestre, tanto sobre tierra firme, como en el espacio aéreo o en el extenso ámbito oceánico.
Queda para las determinaciones astronómicas de posición la gloria de haber contribuido a definir la geografía terrestre, haber servido de guía, durante siglos, a los viajes de exploración y haber posibilitado la epopeya de los grandes descubrimientos marítimos, entre ellos la circunvalación de la Tierra y el acceso a los «inalcanzables» continentes polares. Gracias a las determinaciones astronómicas fue posible orientar y «posicionar» las triangulaciones fundamentales que cubrieron los continentes, contribuyendo asi a determinar la verdadera forma y las dimensiones reales de nuestro planeta. Las determinaciones astronómicas de posición han constituido un soporte fundamental de la cartografía, de la cual han sido durante siglos la única referencia geométrica en la mayor parte del planeta, y han sido siempre un recurso insustituible para la ubicación y orientación de los levantamientos topográficos en zonas remotas. Son por lo tanto, una parte esencial e inescindible del glorioso acervo histórico de la geodesia y de las ciencias de la Tierra en general.