Recuerdos de Rubén Rodríguez: Un maestro inolvidable

En la vida profesional hay encuentros que nos marcan para siempre. No siempre podemos explicar con precisión por qué ciertas personas logran influir tan profundamente en nosotros, pero sí sabemos reconocer la huella que dejan. Ante esos encuentros, solo cabe el agradecimiento.

He tenido la fortuna de cruzarme con maestros excepcionales: Alberto Christensen, Esteban Horvat, Antonio Saralegui, Ángel Cerrato, Alfredo Elías, Enrique Spiess, Tito Livio Racagni, Juan Carlos Uzandivaras, Víctor Hans-Jürgen Haar y Rubén Rodríguez, entre otros. Cada uno, a su modo, fue emblema y bandera de nuestra profesión. Cada uno ocupa un lugar en el pedestal de quienes nos precedieron y nos mostraron el camino.

Hoy me toca escribir sobre uno muy cercano que nos ha dejado: Rubén Rodríguez. Un hombre que no solo fue un profesional admirado, sino alguien que en momentos decisivos de mi vida supo señalarme la dirección correcta. No con grandes discursos, sino con el ejemplo de su trabajo, su rigor y su generosidad.

Lo que sigue es un intento de honrar su memoria, compartiendo algo de lo que su presencia nos dejó.

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Reunión de Rubén Rodíguez (derecha) con José Ciampagna por Meet
Reunión de Rubén Rodíguez (derecha) con José Ciampagna por Meet

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Rubén Rodríguez: maestro, colega y faro

Por José María Ciampagna

En el vuelo de Buenos Aires a Madrid, a principios de septiembre del 2025, recibí una de esas noticias que parecen detener el tiempo. Un hombre que viajaba a mi lado, charlando sobre la vida rural y la tierra bonaerense, mencionó de pronto a un amigo suyo, agrimensor, que había fallecido hacía pocos días. Me dijo su nombre con naturalidad: Rubén Rodríguez.

Me quedé helado. Era imposible que fuera él —me dije—. Pero lamentablemente y sin una posible comprensión, lo era. Me mostró una foto en su celular y no quedaron dudas: era mi maestro. Así, de la manera más insólita y dolorosa, me enteré de su partida.

Rubén había fallecido el 31 de octubre de 2024, en Buenos Aires, pocos meses después de la muerte de su esposa y compañera de toda la vida, Matilde Avelino Menéndez. Tenía 90 años; había nacido en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires un 16 de abril de 1934.

La vida tiene esas paradojas: a veces los caminos se cruzan dos veces, una al comienzo y otra al final de un largo recorrido.

Un encuentro que marcó mi destino

Conocí a Rubén cuando tenía apenas veinte años. Yo era ayudante en la División Geodesia del Instituto Geográfico Militar, en los fondos de la sede de la calle Cabildo de la ciudad de Buenos Aires. En aquella oficina compartíamos el espacio con el ingeniero Esteban Horvat y con Rubén. Éramos tres: el maestro, el investigador y el aprendiz.

Recuerdo el frío de las mañanas de invierno, cuando las chapas del techo amanecían heladas, y aquel silencio concentrado en el que solo se oían los golpeteos de las calculadoras mecánicas. En esos momentos recién aparecían las primeras computadoras de escritorio. Allí aprendí a respetar la paciencia, la precisión y la ética del trabajo bien hecho.

Fue Rubén, junto con Horvat, quien me inspiró a cambiar el rumbo de mi vida: dejé la carrera de abogacía y abracé la Agrimensura. Desde entonces su ejemplo me acompañó siempre.

El rigor y la claridad

Rubén tenía un modo de enseñar que no necesitaba estridencias. Su claridad nacía de la comprensión profunda. No hablaba mucho, pero cada palabra suya estaba medida —como sus cálculos— y tenía peso propio.

Era de esos hombres que aman tanto su oficio que lo vuelven arte. Dominaba la geodesia, la cartografía matemática, las proyecciones y las transformaciones de sistemas de referencia, pero nunca se encerró en la teoría: sabía explicar, con sencillez y paciencia, lo que a otros les costaba páginas enteras.

Su pasión por la precisión no le quitaba humanidad. Al contrario, la multiplicaba. Era austero, correcto, generoso con su saber. Convencido de que el conocimiento debía servir a la acción, su mayor satisfacción estaba en simplificar los cálculos, hacerlos comprensibles y útiles. Decía que la verdadera elegancia del saber era la claridad.

La pasión por los hitos geodésicos

Rubén tenía una verdadera adicción por conocer y visitar los monumentos e hitos geodésicos, esos puntos donde la Tierra y la ciencia se tocan. No le bastaba con ver las coordenadas sobre el papel: necesitaba estar allí, sentir el terreno, mirar el horizonte y comprobar el trabajo de los pioneros. Cada vértice, cada base, era para él una marca de continuidad entre generaciones. En esos viajes encontraba algo más que datos: encontraba pertenencia.

Los relojes de sol

Entre sus múltiples intereses, los relojes de sol ocupaban un lugar especial. Los admiraba por su simplicidad y por la forma en que un instrumento tan antiguo lograba unir la geometría con el paso del tiempo. Me atrevo a pensar que los relojes de sol eran parte de su mundo geodésico: la sombra como medida del universo. En cada viaje buscaba uno, lo observaba, lo fotografiaba y lo interpretaba como quien lee un poema. Era, en cierto modo, un símbolo de su propia vida: precisa, silenciosa, guiada por la luz.

El geodesta que unió generaciones

Durante casi tres décadas trabajó en el Instituto Geográfico Militar, hoy Nacional, donde participó en los grandes proyectos que definieron el rumbo de la geodesia argentina: desde las viejas redes de triangulación hasta los sistemas satelitales POSGAR y SIRGAS. Fue protagonista de esa transición que unió épocas: la del telurómetro y el geodímetro con la de las antenas GNSS.

Más tarde se volcó a la docencia, y con la misma pasión enseñó en la Escuela Superior Técnica, en la Universidad Nacional de San Juan y en la Universidad de Morón. Allí, entre jóvenes agrimensores, fue sembrando su modo de mirar el mundo: con respeto por la medida y humildad ante la magnitud de la Tierra.

Pero su gran legado, el que traspasó generaciones, fue Geonotas, aquel boletín digital que mantenía vivo el pulso de la geodesia argentina. Lo publicó hasta poco antes de morir, y en cada número se respiraba su estilo: el del maestro que explica, el del amigo que comparte, el del sabio que no se guarda nada.

Puentes humanos en la ciencia

Rubén supo tender puentes con colegas y maestros de todo el mundo, tanto en el ámbito nacional como internacional. Fue apreciado en reuniones de SIRGAS, el IPGH y la Asociación Cartográfica Internacional, donde se lo reconocía por su conocimiento y su trato afable. No viajaba para mostrarse, sino para aprender. En cada congreso volvía con nuevas ideas, pero también con la alegría del reencuentro y la convicción de que la ciencia se construye entre personas.

El espíritu de campesino

Aunque su vida profesional transcurrió entre cálculos, instrumentos y aulas, Rubén conservó siempre el espíritu simple de hombre de campo. En su casa de campo cercana a Tres Arroyos encontraba la calma que la ciudad no ofrecía. Amaba el silencio, los atardeceres, los árboles que miden el tiempo a su modo. En él convivían la precisión del científico y la serenidad del campesino. Esa raíz lo mantenía cerca de lo esencial: la tierra, la paciencia y la humildad.

El amigo

Más allá del profesional, para muchos fue un amigo y compañero entrañable. Compartimos largas conversaciones sobre relojes de sol, sobre su campo, sobre los viejos instrumentos y los nuevos satélites.

Rubén tenía un modo pausado de hablar, una elegancia sin afectación, una inteligencia silenciosa. Era un hombre de convicciones firmes y valores hondos, de esos que no se improvisan: se construyen a lo largo de una vida entera de coherencia.

Lo recuerdo como alguien que nunca alardeó de sus logros. Prefería el trabajo silencioso, el dato preciso, la fórmula revisada una vez más. Y, sin embargo, todo lo que hacía irradiaba respeto.

Una vida ejemplar

Su trayectoria profesional fue extensa y sólida: agrimensor egresado de la UBA en 1963, investigador en el Instituto Geográfico Militar durante casi treinta años, coordinador de campañas nacionales e internacionales, presidente de la Asociación Argentina de Geofísicos y Geodestas, representante argentino ante el IPGH y ante el proyecto SIRGAS, autor de innumerables trabajos técnicos y artículos de divulgación, académico, docente y editor.

Pero si algo lo definía, no eran los cargos, sino la vocación de servicio. Esa voluntad inquebrantable de hacer bien las cosas, no por reconocimiento, sino porque es lo correcto.

El legado y la ausencia

Hoy, su silencio duele, pero también enseña. Nos recuerda que la mejor manera de honrar a los que se van es seguir el ejemplo que dejaron.

Rubén fue, para mí y para muchos, un faro. No uno que encandila, sino de esos que orientan sin ruido, con luz constante. Su vida entera fue una lección sobre la paciencia, la precisión y la dignidad del trabajo científico.

Y también sobre algo más grande: sobre el valor de la humildad.

Podemos pensar, como metáfora, que la geodesia —esa ciencia que mide la Tierra— no es más que una forma de medirnos a nosotros mismos frente al mundo. Si es así, Rubén midió con sabiduría y generosidad. Su vida tuvo las coordenadas exactas del bien hacer, del bien decir y del bien ser.

Tus amigos, tus colegas y tus alumnos seguiremos tomando tus notas —esas Geonotas que escribiste con la precisión del cálculo y la ternura de la vocación— como puntos de referencia.

Porque los verdaderos geodestas no desaparecen: quedan grabados en el mapa del alma de quienes aprendimos de ellos.

Descansa en paz, querido Rubén.

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