La negra -cuento-

Mucha agua había pasado bajo el puente desde la noche que asesiné como a un perro al Cholo Bustos. El hijo de puta se lo merecía por cagador. Se abusaba de la paraguaya, la mina lo quería y le aguantaba todo. Susi, lo único que le pedía era una tarde de amor y él la engañaba.

Recuerdo el día que bajó del camión con las otras paraguas.Venían de Curupá Patí. Habían tardado tres días para llegar al Bajo Flores. Hambreadas y sucias. La Pola, y la Micha se acostaron y durmieron hasta el otro día, pero la Susi no. Quería saber cuándo empezaba a laburar. ¡Sabía a qué venía!, la tenía clara.

Al Cholo le gustó la Susi enseguida, tenía un hermoso culo y le pareció una morocha linda. Ahí nomás, preguntó cuánto valía, pagó el precio al Pollo Sobrero —el transportista—y se la llevó con la Micha. Esa misma tarde las llevamos al boliche del Bajo, y apenas entramos, el Cholo las hizo bañar y comer sobras mientras tomábamos una ginebra. Cuando ella salió del baño, por una pavada la cagó a palos delante de todos. La llevó al cuarto y se la cogió. Se oían los gritos desde adentro de la negra.

Mi nombre es Juan, Juan Albornoz, «El Goma” Albornoz», así me decían. Y el Cholo un ex policía que regenteaba un boliche del Bajo. Yo soy más joven. Lo conocí cuando me salvó de la yuta. Me habían pescado choreando una cartera y me ofreció trabajar. Le hacía de chofer, de mandadero, de apretador, le cobraba el caché a los pibes del barrio cuando querían coger. Y así conocí a la Susi, el hermoso culo paraguayo, alias «La Negra»”.

La Susi es una buena mina. Yo llegaba temprano por la mañana y mientras se despertaba el Cholo, tomábamos mate y me contaba sus cuitas. Distinta a las otras, a ella no la habían traído engañada.

—Yo quise salir del Paraguay— me contaba.

Su vida no había sido buena allá, no quería hablar de su pasado. Parece ser que el padrastro, un hijo de puta, la había violado de chica cuando era chica y la madre lo bancaba. La negra quería salir de la pesadilla y la encandilaron las luces de Buenos Aires. Quería venirse. Una vez había visto a la Merello en el cine del pueblo, y soñaba con ser como ella.

Una mañana me contó, cómo se había enamorado del Cholo.
—Son esas cosas raras de la vida, pibe. Él me trata mal, lo sé, pero lo quiero. En el fondo es bueno, pero lo traiciona el trago—me decía.

El Cholo era un tipo duro, de pocas pulgas y de armas llevar. Le regenteaba el quilombo al diputado. El doctor lo protegía y no lo jodía con las cuentas. Tenía una buena vida. Se compró un auto en cuotas, y le sobraba guita para las pilchas, el chupi y las minas. El tordo lo único que le pedía al Cholo era que cuando viniera con sus amigos debía cerrar el boliche. Esas noches, instalaciones y minas, todo era para ellos.
—Mira pibe, hoy viene el trompa, nadie tiene que joder. ¡Ah!, y son ciegos y mudos, ¿entendiste pibe? Nadie ve ni escucha nada, ¡Eh!— nos advertía el Cholo en esos días.

Susi preparaba tortillas calentitas a la mañana para tomar con el mate. Se juntaban, la Pola, la gringa Micha, Yo y el Cholo que aprovechaba para hacer las cuentas de la noche anterior.
—Che negra, decime ¿Cuánto hiciste anoche?—
—Cincuenta— decía la Susi.
—Dame cuarenta y cómprate una chabomba, ¡ah! y ponete linda que esta tarde te llevo a la catrera— le decía el guacho.
La tonta se ponía contenta, se empilchaba con lo mejor que tenía, y a la tarde el otro no aparecía.
Y así transcurría todo para ella. Los únicos placeres eran escuchar la novela de la tarde, hacer compras y oír a la Merello. Por la noche, el trabajo de copera: pintarse, sacar las plumas y aguantar lo que venía.

Aquella mañana al Cholo le duraba la borrachera de la noche anterior.Para colmo de desayuno, tomó una grapa. Recuerdo claramente lo que sucedió ese día.
—Che negra, ¿cuánto hiciste anoche?, los pibes que vinieron eran de guita— dijo el Cholo
—Sí, eran bacanes, unos fifi que mandó el diputado. Hice doscientos treinta— dijo la negra.
—Dame doscientos y quédate con los treinta, y con el Goma anda al centro a comprarte pilchas— le dijo.
Juntos salimos con la negra para el Once, recuerdo que estaba enloquecida. Estaba contenta la malparida. Yo la esperé en el auto como una hora. Cuando volvió, no paraba de hablar.
—Che pibe, no te imaginas lo que me compré. Bombacha y corpiño nuevo, un babydoll para el Cholo, una pollera, una blusa, y hasta me alcanzó para perfume—dijo ella.

Cuando volvimos el Cholo seguía chupando. Ella le mostró las pilchas y le dijo que a la tarde, si quería, se las ponía. Poco más duró el Cholo chupando, ya no podía hablar el desgraciado. Lo tuvimos que arrastrar hasta la cama para dormir la mona.
Fue una tarde larga, la Susi estaba como una nena. La vi frente al espejo probándose todo. Con el babydoll estaba mortal. Yo me quedé limpiando el auto y escuchando el partido en la radio hasta que sentí los gritos.
Cuando entré, el Cholo se había levantado. Había agarrado las pichas y el perfume de la Susi y se lo estaba haciendo poner a la Micha. Esta, como buena yegua, se reía. La Susi gritaba y trataba de recuperar lo que podía. Fue cuando el hijo de puta del Cholo la cagó a palos para que se callara. Le oscureció un ojo, le hizo sangrar la boca, y la tiró en su pieza, dejándola encerrada.

Hoy pude hablar de nuevo con el diputado. El viejo me quería, teníamos buena charla hasta que maté al Cholo. Cuando el tordo se enteró del quilombo de la noche trágica, tuvo que salir a cubrir la cagada y no le gustó nada. Menos mal que sus amigos canas taparon todo. Días después lo llamé para explicarle, pero no quiso atenderme. Me avisó por otros que me borrara. Puso un mequetrefe a cuidar el negocio, pero descubrió que lo cagaba y lo echó como a un perro. El boludo hablaba más de lo que debía.

La Susi me tenía al tanto e insistía que lo volviera a llamar.
—El tordo es bueno y me debe favores— me decía por teléfono.
De vez en cuando ella venía a casa, me hacía tortillas y tomábamos mate. La negra era buena y me gustaba. Cuando me daba la espalda le relojeaba el culo.
—Pibe, portate bien. No te hagas el bocho que no te lo voy a dar— me decía la paraguaya.

***

—Hola doctor, lo he estado llamando desde hace tiempo. Le prometo no fallar más, por favor.Piense que el Cholo fue el culpable. Me contaron que anda buscando gente para cuidar el quilombo y le insisto no voy a fallar— le dije por teléfono.
—Bueno, pibe dale. Está bien, no jodas más, te doy la oportunidad. ¡Ah! y decile a la negra que lo hago por ella. No te olvides de comentarle que me lo tiene que prestar— me dijo el viejo zorro.
Pasaron como tres meses  desde la llamada y el boliche volvió a la normalidad. Esa mañana estaba soleada y hacía calorcito en el patio. Después de los mates y la tortilla, charlé con la negra.
—Che Negra, ¿Cuanto hiciste anoche?.
—Cincuenta. Vino un solo chabón. Don Pedro, el viejo de la vuelta—me dijo.
—Bueno, tranquila, ya va a mejorar, dame la guita.

Mirando la cara de cordero degollado de la Susi, le dije:

—Bueno, toma diez, y cómprate pilchas─ y agregué—:
— ¡Che negra, ponete linda!, no te olvides que toca catrera después de la novela.

Etiquetas:

Categorías: Cuentos

Autor:José María Ciampagna -

profesor, agrimensor, ingeniero, aficionado a la fotografía, escribidor, informático, blogero, aspirante a cocinero y otras yerbas .....

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