Gente como uno

Cuando Juan Pelsono llegó a la cita,  su hijo no estaba. El día era brillante, aunque por la mañana temprano hubo bruma, algo inusual y que figuraba un otoño distinto. Por la tarde hizo calor y estaba pesado como si fuera verano.

El tiempo no ayudaba y Antonio Pelsono no quería hablar con su padre, ¿Cómo le iba a explicar que le había robado?, ¿Cómo explicarle que  era drogadicto y que había perdido todo tipo de valores? ¡Imposible!  Su padre anteriormente se había infartado por mucho menos cuando le había chocado el auto. El viejo Pelsono era estricto, nadie opinaba cuando hablaba, parecía un padrino de la mafia siciliana. Siempre de camisa blanca y de corbata negra, lucía impecable, autoritario y altivo.

Viviana Londeau de Pelsono, madre de los chicos, era una buena esposa y sabía del vicio de Antonio, aunque lo cubría. Era el hijo de menor carácter y el más chico. ¿Cómo no hacerlo? –se decía.

—Los tiempos cambiaron, Juan es un buen chico. No podemos actuar como lo hicimos con nuestros otros hijos. Él es distinto— le comentaba  insistentemente Viviana a su esposo.

—La moral no cambia: criamos a Charly y Marcela y fíjate que son gente como uno— él respondía.

—Son buenos, seguro, pero ellos también tienen problemas. Comprende que pasaron muchos años antes de tenerlo a Antonio, las cosas cambiaron, es otra época— replicaba ella.

La casa de los Pelsono era grande, quedaba en la parte tradicional de La Floresta, un barrio pituco de Coronel Pringles. Los domingos solían reunirse. Juan preparaba el asado y venía toda la familia. Se juntaban hijos, yernos, nueras y nietos.

El domingo 15 de mayo no fue la excepción. Primero llegó Charly, abogado, casado con Susana Marcó de Lafont, con sus dos hijos: Natalia y Adrián. Luego llegó Marcela, psicóloga, casada con Gustavo Grondona Rawson. Ellos tenían tres chicos; Marcos, Lucía y Pedro. Ese domingo Marcos, el mas grande, había ido a cazar con el abuelo paterno y no estaba. Ya había cumplido los quince años, era un buen alumno y a punto de terminar la secundaria, y el viejo Rawson se lo había prometido. Eva, la madre de Gustavo y suegra de Marcela, venía con ellos para no quedarse sola en la casa.

Cerca de la una, todos estaban sentados a la mesa. El único que faltaba era Antonio. Juan sirvió las mollejas y los crujientes chinchulines. Charly trajo el vino; un cabernet que le gustaba a su padre. Graciela, con su madre, se había encargado  de las ensaladas. Y la consuegra había traído su especialidad; pastelitos rellenos con dulce de membrillo.

Eva, tratando de quedar bien con Viviana, preguntó por Antonio. Sabía que era su preferido.

—Viene más tarde– contestó Viviana. Hoy a la mañana fue al Hospital. Tiene un amigo internado y lo fue a ver.

—Antonio anda siempre tras las causas perdidas, es un bohemio—agregó Juan con desdén para completar la respuesta de Viviana a su suegra.

La tarde del miércoles siguiente al asado del domingo llovía y estaba frío. Juan había tenido un infarto la tarde del asado. Lo atribuyeron a excesos de comida. El lunes, por la mañana, estaba recuperado y lucía bastante bien . Pero, a las siete de la tarde después de  discutir con Charly por temas de familia, cuándo se fue su hijo,  tuvo otro ataque y finalmente por la noche falleció. Los médicos del sanatorio Otamendi  dijeron que le estalló el corazón. Todos estaban al otro día en el cementerio después del velorio; Viviana, Charly con su esposa y los hijos, Graciela con su familia y los suegros. También estaba Antonio.

—Quédate tranquilo Charly—dijo Antonio a su hermano en forma irónica y agregó:

—Ahora con la herencia del viejo te voy a pagar la deuda.

—No seas estúpido pendejo, el distribuidor era el viejo, y nunca supo que eras vos el boludo que no podía pagar. La deuda está saldada— dijo Charly dirigiéndose a su hermano menor.

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