Política agonal y política arquitectónica

En estos días a todos los argentinos nos preocupa las elecciones presidenciales que se llevaran a cabo el 25 de octubre. Más allá de a quién votar, de a que partido volcar nuestras preferencias y diferencias, es oportuno reflexionar sobre cuestiones a tener en cuenta que puedan contribuir a interpelar nuestro pensamiento y orientarnos a tomar una mejor decisión.

La idea que me convoca a expresar estas palabras, es reflexionar sobre temas  que nos deben ocupar, quizás también, más allá de las circunstancias actuales.

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Primera reflexión

En un artículo de Claudio Fantini (*), el autor menciona sobre dos fases de la política; una agonal y la otra denominada arquitectónica. Desconocida esta disquisición para mí, traté de hallar el significado y encuentro que nos puede ser útil para el haber de nuestros conocimientos. A continuación una explicación  que discerní y pongo a vuestra consideración.

La faz agonal (**)  nos habla de la necesidad de ganar una contienda, competencia, en el caso de la política; ganar el poder. Entiendo que no tiene una connotación negativa, al contrario, puede ser considerado un valor buscado, necesario o positivo.

La faz arquitectónica considera, una vez ganada la contienda y llegado el triunfo, la construcción de las propuestas planteadas y prometidas en el proceso previo a ganar el concurso.

Concluyo que una faz es dependiente de la otra. No merecemos una sin la otra si se trata de política. Si fuera así —una sin la otra—  la falta de la faz agonal no permitiría a la política tener la oportunidad de ejecutarse. Es necesario ganar. Sin la faz arquitectónica, no se pueden materializar las propuestas en beneficio de la gente. Ganar sin tener un objetivo de construcción de una política, propuesta o planes sería egoísta. Estaríamos en la obtención del poder por el poder mismo.

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Segunda reflexión

Es estos días, los argentinos, según mi parecer, hemos perdido el rumbo. Estamos sin norte a dónde apuntar. No tenemos una motivación conjunta que convoque a aqueos y troyanos. No hay un acuerdo común que nos convoque. El gobierno es representante de una facción que vemos poco dispuesta a contemplar  intereses de los argentinos comunes a largo plazo. Quizás estos estén desdibujados y en la práctica faltantes. A la oposición, le sucede o le sucedió lo mismo. Las leyes son del gobierno de turno y no de un acuerdo en común y las vemos distantes de solucionar los problemas de todos los argentinos. Tan ajenas son, que las violamos y en general no las cumplimos o tratamos de evitar.

Hace muchos años, alguien mencionaba que solo hay dos caminos a seguir: el del Yo y el de los otros. También, otro pensamiento de mi memoria en el mismo sentido es: la diferencia entre el interés personal y el supra-personal  que hace a la mejora de todos. Lo común, lo social, lo público que es parte inevitable de nuestra vida y que debemos considerar necesario para una vida en relación.

Esta búsqueda del interés personal, el individualismo exacerbado presente en esta época, caracterizado por la frase: “sálvense quién pueda”, lo podemos resumir en un hecho: la pérdida de valores que hacen a nuestro transcurrir social, económico, cultural y político común:

Entre ellos:

  • La solidaridad y el respeto por los demás.
  • El valor de la palabra empeñada
  • El valor del trabajo y el esfuerzo para la superación personal.
  • La justa distribución de los bienes y recursos.
  • El valor del mérito como acceso al poder.
  • La educación como medio imprescindible para lograr justicia social.
  • El amor por la naturaleza y la conservación del ambiente.
  • Y tantos  otros enseñados por nuestro padres.

Sin embargo, quizás el valor más importante que hemos perdido es la necesidad de diseñar y construir un destino común a largo plazo. Que acordado, solo es viable por  la consideración de estos valores.  Son normas de comportamiento, reglas mínimas del juego,  que nos pueden llevar a metas comunes.

¿Cuáles son nuestro objetivos?. La respuesta que se me ocurre como argentino y que hoy siguen vigentes son los expresados por la Constitución Nacional.

Les recuerdo el Preámbulo de dicho documento:

Nos, los Representantes del pueblo de la Confederación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las Provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución  para la Confederación Argentina.
(Texto según el Diario de Sesiones de la Convención Constituyente de 1860, el remarcado es mío)

Como dice el dicho: “No hay buen viento, para el que no sabe a dónde va” y menos, agrego, cuando el destino contempla solo alcanzar el poder.

Solo cabe agregar la dificultad de hacer lo planteado, quizás mejor expresado por: “Haz lo que yo digo, y no lo que hago”.

O quizás reflexionar sobre lo que decía Jefferson: “Cada ciudad tiene el Príncipe que se merece”.

Notas y referencias:

(*) Artículo de la Sección Opinión, Política Nacional, del diario: “La Voz del Interior” del día sábado, 10 de octubre del 2015.

(**) Sobre la palabra “agonal”;  advierto y descubro que no tiene nada que ver con la primera  y natural vinculación de encontrar su significado por cercanía a la palabra “agonía”.

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Categorías: Cultura, Educación, Etcéteras, sentido común, Sin categoria

Autor:José María Ciampagna -

profesor, agrimensor, ingeniero, aficionado a la fotografía, escribidor, informático, blogero, aspirante a cocinero y otras yerbas .....

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