Para bien o para mal

Hace ya muchos años, hablando con un amigo, discurríamos sobre las causas de la indolencia de los argentinos respecto a los problemas colectivos frente a la conciencia de los inmigrantes extranjeros, hoy integrados a nuestra comunidad. Muchos de ellos con exilios obligatorios provocados por la política de sus países. 

También observábamos que la inmigración en nuestro país es amplia y diversa. Hay corrientes inmigratorias de España, Italia, judíos provenientes de distintos países; Polonia por ejemplo, ortodoxos de Siria y el Líbano y de otros lugares en menor cuantía. Toda esta gente emigró de sus terruños por variados infortunios:  principalmente la guerra, persecuciones raciales, religiosas o de diferencias de género,  hambre provocada por la pobreza, u otros motivos. Estos factores afectaron no solo su forma de vida sino también su supervivencia; en carne y hueso sufrieron la pérdida de los valores más bajos de la pirámide de Maslow (comida, techo, seguridad física, trabajo, etc.), y en algunos casos su situación los enfrentaba cara a cara con la muerte.

Decíamos con mi amigo que haber sentido estas penurias los hacía recapacitar sobre los comportamientos indeseables –propios y ajenos–, sobre lo prioritario y lo secundario, en rehacer su escala de valores, recapacitar sobre la falta de trabajo y de la importancia del conocimiento enfrentado con la ignorancia, realidades que los llevó a la situación de emigrar.  Sabían en su corazón lo que es bueno y es malo, habían aprendido porque habían pasado por miserias humanas que no querían repetir. Tenían ademas la esperanza de un mundo mejor, una ilusión de tener una vida digna, diferente a los sufrimientos que habían tenido. Escapaban de las atrocidades de la guerra. Miraban las consecuencias de no apostar al largo plazo, de no prever y de  vivir solo el presente.

Ese recuerdo de angustias generó beneficiosos frutos para nuestro país como contrapartida. Observamos con admiración la voluntad de trabajo, sus ansias de superación en la vida, de una búsqueda permanente de cambios para lograr un mundo  mejor en función  de la mejora propia. 

Sin embargo, los cambios culturales y de vida, ejemplo para nosotros, no fueron suficientes para modificar nuestras situación de indolencia. No aprendimos, ¡Es difícil aprender de las experiencias ajenas…! 

En esos días de la charla con mi amigo, como consecuencia de observar la realidad que relato, nos llevaba  a tomar conciencia, equivocadamente o no, de que una guerra podría hacernos cambiar. Nos preguntábamos: ¿Puede ser el paso por una guerra una solución para nuestro problemas?

Pasado un tiempo, nuestro pensamiento se hizo real y tuvimos nuestra guerra: llegó la guerra de las Malvinas. Afortunadamente fue lejos de nuestro territorio, excepto para nuestros soldados (honor y gloria para cada uno de ellos). Pero la mayoría de nuestro pueblo pasó la guerra a lo lejos, sin penurias, solo con preocupación. Claro que no fue en vano, ciertamente hubo aprendizajes; descubrimos la necesidad de vivir en democracia,  pero  fue insuficiente para aprender a cuestionarnos la necesidad de atender los intereses colectivos. Fuimos y seguimos  llevados como corderos por aquellos que usan la política para mejorar su situación económica, su poder y otros  intereses egoístas de una política que no mira el bienestar de todos mas allá de la facción política de su tribu. Y nosotros seguimos …, esperando el mesías, esperando el Salvador de la patria, incrédulos, inocentes o ignorantes, sin ningún tipo de compromiso, sin reconocer que nuestra sociedad se construye entre todos con un cambio cultural. Reconociéndonos  como ciudadanos.

Pero inesperadamente llegó la pandemia, otro tipo de guerra, contra un virus maldito e invisible, pero que afecta a todos. Hoy vemos caer a nuestros hermanos como moscas, estamos llegando a las cien mil muertes y un sin número de enfermos. Ni hablar de la otra pandemia íntimamente correlacionada con esta como es la destrucción de nuestra economía. Por supuesto que no es más importante que la salud, pero también la podemos  llamar “pobreza” por sus consecuencias, una profunda pobreza que lleva a sentir necesidades de supervivencia y en última instancia también, nos enfrenta con la muerte de la esperanza.

Estamos tocando fondo, esta vez de verdad, estamos perdiendo una guerra que nos afecta a todos, ricos y pobres, a todos  juntos como Pedernera y San Martin, como la biblia junto al calefón de los cambalaches de Discépolo, en todo el territorio nacional, sin excepción. Mientras los jóvenes piensan en emigrar para encontrar fortuna, cómo nuestros ancestros, para aquellos que somos hijos de los barcos o descendientes de criollos.

Y ahora caben las preguntas: ¿Podremos cambiar después de una guerra? ¿Podremos tomar conciencia de conciliar escalas de valores correctas? ¿Podremos repensar las prioridades del bienestar común contrapuestos a los beneficios individuales? ¿Podremos tener pensamientos críticos que nos orienten a un  sistema donde se busque el equilibrio de intereses por medio de la comunicación constructiva entre las partes?. ¿Podremos acordar, construir un futuro común? ¿Podremos pelear, codo a codo, contra la corrupción y llegar a reconocer los beneficios de la decencia? 

Machiavello  menciona:

“No hay nada más difícil de planificar, más dudoso de éxito, ni más peligroso de gestionar que la creación de un sistema nuevo. Porque el iniciador tiene la enemistad de todos los que se benefician de la preservación del antiguo sistema y solo la tibieza de los defensores que se beneficiarían con el nuevo”

Ante esta realidad de perogrullo del autor del “Principe”, me sigo preguntando: ¿Seremos capaces de dejar de ser tibios adherentes para cambiar nuestra triste realidad provocadas por la pandemia y sus consecuencias? ¿Aprenderemos del dolor?

Es una pregunta que todos, tirios y troyanos, a un lado u otro de la grieta, debemos responder. En fin, hoy es una cuestión de supervivencia.

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