La inteligencia artificial como instrumento de aprendizaje, superación y desarrollo
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| Podemos delegar procesos en la inteligencia artificial, pero no la finalidad, el juicio ni la responsabilidad. |
Este artículo nace de una lectura repetida y de una discrepancia. También nace de una pregunta personal:
¿Puede una vida atravesada por sucesivas transformaciones tecnológicas ofrecer una mirada útil para pensar la inteligencia artificial en un ámbito no personal, como el de la opinión pública?
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Una inquietud que viene de la prensa
En los últimos meses leí, en distintos medios y con distintas firmas, una y otra vez la misma estructura de argumento sobre la inteligencia artificial. El poder de las grandes corporaciones, la concentración de los datos, la vigilancia, la pérdida de soberanía y la transformación cultural que produce la IA aparecen mencionados con insistencia, casi siempre organizados como el enfrentamiento entre dos visiones del mundo: una asociada con la aceleración tecnológica, la eficiencia, la inversión y el poder corporativo; otra asentada en la dignidad humana, el bien común, la solidaridad y la necesidad de límites éticos. Argentina aparece, en varias de esas lecturas, como el territorio donde esa disputa mundial empieza a adquirir formas locales.
Esa lectura repetida me produjo un doble efecto. En primer lugar, reconocimiento: muchas de esas piezas toman preocupaciones dispersas y las convierten en una interpretación articulada, respaldada por una tradición intelectual seria. En segundo lugar, una impresión crítica: casi siempre el peso argumentativo y emocional se inclina hacia la amenaza. Los riesgos reciben desarrollo, ejemplos y fuerza retórica; las oportunidades aparecen de manera secundaria.
Esos problemas son reales y seguirían siéndolo, aunque ningún artículo los mencionara. La concentración de datos en pocas corporaciones, la vigilancia masiva, la pérdida de soberanía tecnológica de países como el nuestro y el uso de sistemas automatizados para manejar opiniones no dejan de ser riesgos porque la nota que los denuncia tenga una orientación editorial determinada, ni dejan de serlo porque quien los minimice hable desde la vereda opuesta. Ignorarlos por reflejo sería tan irresponsable como aceptarlos sin más porque los repite la mayoría de lo que leo.
Pero me pregunté, después de la enésima nota con la misma estructura, si la crítica al modo en que determinadas corporaciones desarrollan y controlan la inteligencia artificial no termina proyectándose sobre la tecnología entera. Entre la aceptación acrítica y esa resistencia defensiva —convertida casi en género periodístico— debería existir otra posición: una forma humana, responsable y socialmente orientada de apropiarnos de esta nueva capacidad.
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La confusión entre la tecnología y sus empresas productoras
Parte de esa resistencia defensiva no discute la tecnología en sí, sino la marca o la empresa detrás de ella. Muchas tecnologías terminan nombradas por quien las popularizó: decimos «Gillette» por máquina de afeitar, «ArcView» por sistema de información geográfica, «McDonald’s» por hamburguesa. Con el tiempo, la marca no solo nombra al producto: también le presta su reputación, sus dueños, su color político. Y ese color termina proyectándose sobre el uso mismo, como si afeitarse, relevar un catastro o alimentarse fueran actos políticos antes que necesidades.
Esta fusión entre tecnología y marca no carece de sentido: tiene la ventaja de obligar a preguntar quién está detrás de una herramienta, quién se beneficia de su uso masivo y a quién exigirle responsabilidad cuando algo sale mal. Sin esa pregunta, el poder corporativo circularía sin un adecuado control. Pero tiene un costo paralelo: impide evaluar la herramienta por lo que hace y convierte cada decisión técnica en una toma de posición política. Aceptar o rechazar un programa pasa a depender de quién lo vende y no de si sirve para el problema que se quiere resolver. Confundir una cosa con la otra es una forma de lo que la lógica llama falacia genética: juzgar algo por su origen y no por lo que produce.
Me tocó vivir esa confusión en carne propia mucho antes de que la inteligencia artificial existiera como tema de discusión pública. Trabajé buena parte de mi vida profesional con productos de ESRI —ArcView, ArcInfo y sus sucesores— para procesos catastrales y sistemas de información geográfica y territorial. En algunos ámbitos laborales con orientación nacionalista o con una fuerte preferencia por la sustitución de tecnología importada, esos productos fueron rechazados por su origen, sin que se discutieran sus ventajas técnicas ni se las comparara seriamente con las alternativas disponibles. El caso que mejor resume el problema es la dicotomía entre software comercial y software libre: una discusión legítima sobre soberanía tecnológica, costos y dependencia que, presentada como una elección moral obligatoria antes que una evaluación técnica, caso por caso, termina descartando herramientas útiles por su pasaporte y no por su rendimiento y beneficios. Uno y otro modelo, de hecho, suelen convivir y potenciarse cuando la elección se hace por adecuación técnica al problema y no como bandera identitaria: un organismo público puede apoyarse en software libre por economía o para preservar soberanía sobre sus datos y, al mismo tiempo, incorporar una herramienta comercial allí donde ofrece una ventaja real, sin que eso implique una traición ideológica.
De esa experiencia y de la lectura repetida en la prensa nace la misma conclusión. Llamo humanismo defensivo a la tendencia —extendida hoy en buena parte de la opinión pública— a proteger al ser humano del poder tecnológico rechazando la tecnología o a quien la promueve. Frente a ella, y frente a la fascinación acrítica que sería su espejo, propongo un humanismo integrador: incorporar la inteligencia artificial a nuestros proyectos sin renunciar a aquello que nos hace libres y responsables, evaluando cada herramienta por lo que permite hacer y no por el pasaporte, la firma o la orientación política de quien la construye y distribuye.
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La autoridad de haber atravesado el cambio
Mi posición frente a la inteligencia artificial no nace de la fascinación por una novedad ni de una adhesión acrítica. Tampoco nace de una especialización académica específica en inteligencia artificial. Su fundamento es diferente: una trayectoria profesional y docente atravesada por sucesivos cambios tecnológicos.
Como agrimensor, ingeniero geodesta y geofísico, profesor universitario y profesional vinculado durante décadas a los Sistemas de Información Geográfica, viví el tránsito del cálculo manual al electrónico. De los archivos en soporte papel a las bases de datos, de las mediciones estelares al posicionamiento satelital, de la cartografía tradicional al territorio digital y de instrumentos aislados a sistemas capaces de integrar grandes cantidades de información. Cada transformación generó entusiasmo, temor, resistencia y promesas exageradas. Cada una obligó a aprender nuevamente.
Esa experiencia me enseñó que una tecnología no trae incorporado un destino previsto y único. Puede concentrar poder o distribuir capacidades; desplazar conocimientos o estimular otros nuevos; aumentar la dependencia o convertirse en una oportunidad de desarrollo. La diferencia no reside solamente en el instrumento, sino en las finalidades, las instituciones y principalmente en el factor humano. La educación y la responsabilidad de quienes lo utilizan son lo importante.
No hablo, por lo tanto, como espectador del cambio, sino como alguien que ha debido comprenderlo, adoptarlo y darle sentido humano a lo largo de una vida profesional. Esa trayectoria no me concede infalibilidad. Me concede algo más modesto y quizá más útil: perspectiva para desconfiar tanto de las profecías de salvación como de las profecías de catástrofe.
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La inteligencia artificial como posibilidad de aprendizaje
Uno de los problemas más graves que acosan a nuestras sociedades es la ignorancia: no la falta de títulos formales, sino la falta de herramientas para comprender el mundo, evaluar información, reconocer engaños y tomar decisiones con autonomía. Es posible convivir con ella incluso con estudios, información abundante y acceso permanente a las redes; el verdadero adversario no es la falta de datos, sino la ausencia de criterio para ordenarlos, interrogarlos y convertirlos en conocimiento. Aprender, frente a esto, es una forma de emancipación: amplía la libertad personal porque permite imaginar alternativas, comprender consecuencias y actuar con mayor conciencia. Un resumen estaría en la sentencia: “Es esencial poseer sentido común y razonamiento crítico”.
La inteligencia artificial ofrece una posibilidad histórica en este terreno. Por primera vez, millones de personas pueden dialogar de manera inmediata con sistemas capaces de explicar conceptos, adaptar ejemplos, resumir textos complejos, traducir lenguajes, proponer ejercicios y acompañar procesos de aprendizaje. No reemplaza al maestro, al libro, a la experiencia ni al pensamiento, pero puede acercar esas instancias a quienes antes no tenían acceso a ellas.
Una persona puede pedir que una explicación sea reformulada hasta comprenderla; un adulto puede retomar aprendizajes postergados; un estudiante puede recibir orientación ajustada a sus dificultades; un profesional puede explorar disciplinas alejadas de su formación; un escritor puede contrastar ideas y revisar la claridad de sus argumentos. Utilizada de este modo, la IA no reduce necesariamente la inteligencia humana: puede estimularla y completarla.
La condición es decisiva: debemos enseñar a usarla. Si la persona se limita a copiar una respuesta, sustituye aprendizaje por apariencia de conocimiento. Si pregunta, compara, verifica, discute y reelabora, la herramienta puede convertirse en una prolongación de su curiosidad. La IA no elimina la necesidad de aprender; modifica la manera de hacerlo y vuelve todavía más importante el criterio.
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Cuando la facilidad reemplaza al pensamiento
La posibilidad educativa de la inteligencia artificial convive con un riesgo cercano y cotidiano: utilizarla por simple comodidad. Una respuesta inmediata puede ahorrarnos tiempo, pero también evitarnos el esfuerzo de formular una pregunta, sostener una duda y llegar a una conclusión propia. El problema no es recibir ayuda, sino convertirla en reemplazo habitual de nuestra capacidad de pensar.
La humanidad siempre delegó operaciones en sus herramientas: la escritura descargó la memoria, la calculadora el cálculo, las computadoras procesos extensos, y esa delegación permitió dedicar nuestras capacidades a problemas de mayor nivel. Con la IA debería ocurrir lo mismo: el tiempo que nos ahorra tendría que reinvertirse en comprender mejor, no en renunciar a comprender.
Ahí aparecen dos formas nuevas de credulidad. La primera es la confianza automática: aceptar una respuesta bien redactada sin examinar fundamentos, aunque los sistemas puedan equivocarse, inventar datos o reproducir sesgos y prejuicios; verificar y contrastar fuentes no son precauciones accesorias, sino parte del uso responsable. La segunda es pedirle a la IA solamente lo que confirme lo que ya pensamos, convirtiéndola en un espejo complaciente que además uniforma la expresión: textos correctos y previsibles, sin voz propia.
Otros usos perjudiciales exceden la esfera individual: producir desinformación, falsificar imágenes o voces, cometer fraudes, manipular opiniones, automatizar vigilancia. El ingreso descuidado de información privada puede exponer datos personales o institucionales, y una dependencia excesiva de sistemas externos puede debilitar habilidades y capacidades estratégicas de una sociedad.
Estos riesgos no contradicen las posibilidades de aprendizaje señaladas: muestran que la herramienta amplifica tanto nuestras capacidades como nuestras debilidades. La pregunta práctica es sencilla: después de usarla, ¿comprendemos más y decidimos mejor, o solamente terminamos antes? Si la respuesta es solo la comodidad, habremos ganado tiempo, pero perdido autonomía.
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La brecha tecnológica entre países
La misma ambivalencia aparece en la relación entre países desarrollados y los rezagados. La inteligencia artificial puede ampliar la brecha tecnológica si el conocimiento, la infraestructura, los datos y la capacidad de decisión quedan concentrados en unas pocas naciones y empresas. En ese escenario, países como la Argentina serían consumidores dependientes de sistemas creados por intereses ajenos.
Pero también existe otra posibilidad. El acceso a herramientas de gran capacidad puede permitir que estudiantes, investigadores, profesionales, pequeñas empresas y administraciones públicas de países periféricos realicen tareas que antes exigían recursos inaccesibles. La oportunidad no consiste en recibir pasivamente productos terminados, sino en comprenderlos, adaptarlos y aplicarlos a necesidades locales.
Reducir la brecha exige infraestructura, educación, políticas públicas y producción científica. También exige una transformación cultural: dejar de considerar la tecnología como algo que otros inventan y nosotros solamente usamos.
Apropiarse de ella significa formular problemas propios, preservar los datos relevantes para nuestras comunidades, formar personas capaces de evaluar los sistemas y orientar su utilización hacia el desarrollo nacional y regional.
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Una propuesta: el humanismo integrador
Llamo humanismo integrador a una posición que acepta la potencia transformadora de la inteligencia artificial sin convertirla en autoridad moral ni en finalidad de la existencia humana. No parte del temor a toda innovación, pero tampoco de la confianza ciega en que el progreso técnico producirá automáticamente progreso social.
Este humanismo propone integrar la IA a la educación, la ciencia, el trabajo y la creación, manteniendo cuatro responsabilidades irrenunciables:
- Determinar la finalidad.
- Ejercer el juicio crítico.
- Reconocer la autoría.
- Asumir las consecuencias.
Podemos delegar operaciones, búsquedas, comparaciones, cálculos y borradores; no podemos delegar la responsabilidad sobre lo que decidimos hacer con sus resultados. Tampoco deberíamos delegar por comodidad aquello que necesitamos ejercitar para conservar nuestra autonomía intelectual.
La pregunta central deja de ser entonces:
“¿Estamos a favor o en contra de la inteligencia artificial?”.
Una tecnología de esta magnitud ya forma parte de nuestro ambiente. Las preguntas relevantes son otras: ¿para qué queremos utilizarla?, ¿quiénes podrán acceder a ella?, ¿qué capacidades humanas deseamos fortalecer?, ¿qué dependencias estamos dispuestos a aceptar?, ¿qué conocimientos debemos preservar y cuáles debemos crear?
Un humanismo defensivo nos recuerda, con razón, que debemos proteger a la persona frente a la concentración tecnológica. El humanismo integrador agrega que también debemos capacitar a la persona para apropiarse de la tecnología. Defender sin aprender puede conducir al aislamiento; adoptar sin criterio puede conducir a la dependencia. Integrar significa aprender, decidir y conservar la responsabilidad.
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Un artículo que procura demostrar lo que sostiene
Este texto fue desarrollado en diálogo con una inteligencia artificial. Esa declaración no disminuye mi autoría; la precisa. Las convicciones centrales, la experiencia profesional, la valoración del aprendizaje, la preocupación por la ignorancia y la brecha tecnológica, así como la posición final frente a la IA, corresponden al autor que firma y asume la responsabilidad del artículo.
La inteligencia artificial colaboró en la búsqueda y contraste de antecedentes, la organización de ideas dispersas, la formulación de distinciones conceptuales, la identificación de posibles objeciones, la estructuración del argumento y la revisión de claridad y redacción. El resultado no surgió de una orden aislada, sino de un proceso de diálogo, selección, desacuerdo y reescritura.
Esta forma de trabajo constituye, en pequeña escala, una prueba de la tesis defendida. La IA puede ampliar la capacidad de una persona para transformar experiencia en conocimiento comunicable. Pero la finalidad del texto, su posición ética y la responsabilidad por lo afirmado permanecen en manos humanas.
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Conclusión
La inteligencia artificial puede profundizar la concentración, la vigilancia y la desigualdad. También puede fomentar una comodidad intelectual que nos lleve a aceptar respuestas sin comprenderlas y a abandonar, poco a poco, el sentido común y el pensamiento crítico. Pero puede, al mismo tiempo, facilitar el aprendizaje, ampliar el acceso al conocimiento y ofrecer nuevas oportunidades a personas y países que históricamente llegaron tarde a las transformaciones tecnológicas. Ninguna de esas posibilidades está garantizada.
Nuestro desafío no consiste solamente en defendernos de la inteligencia artificial ni en celebrarla. Consiste en aprender a incorporarla sin renunciar a nuestra capacidad de decidir para qué vivimos, qué sociedad deseamos y qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir.
La mejor respuesta frente a la ignorancia no es temer al conocimiento disponible, sino aprender a utilizarlo con libertad, criterio y sentido humano.
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Nota sobre la autoría y la colaboración
Autor: José María Ciampagna.
Modalidad declarada: artículo desarrollado en diálogo y asistencia de la inteligencia artificial.
Asistencias de la IA: búsqueda y contraste de antecedentes; síntesis de lecturas periodísticas sobre inteligencia artificial; organización; formulación y prueba de argumentos; identificación de objeciones; propuesta de estructura; apoyo en la redacción; y revisión de claridad, coherencia y estilo. La selección final de ideas, la posición expresada y la responsabilidad por el contenido corresponden al autor.
Nota de origen
Entre las lecturas periodísticas que motivaron esta reflexión, una funcionó como disparador inicial y puede resultar de interés para quien quiera un panorama disímil y más completo de la posición que aquí se discute de manera general: Costa, Flavia. «La gran batalla de nuestro tiempo». Revista Anfibia, 19 de junio de 2026.