Recordando a Javier Rodríguez de la Reta

Javier Rodríguez de la Reta, in memoriam

“El petiso que la cigüeña dejó en el lugar equivocado”

Hay amigos que se miden en años y hay amigos que se miden en algo más difícil de nombrar: la calidad de lo que dijeron, el intercambio de ideas y los recuerdos comunes. Javier fue de estos últimos.

Lo conocí hace muchos años en Neuquén, y desde el primer momento supe que estaba frente a alguien distinto.

Javier Rdriguez DelaReta
Javier Rodríguez de la Reta

Petiso, le decían el “petiso De la Reta”, y no puedo evocarlo sin sonreír al recordar las miradas que juntábamos caminando por la calle: yo con mi metro noventa y corpulencia, él con su estatura menuda y su ironía de siempre a mano para señalarlo antes de que lo hiciera cualquier otro. Pero esa diferencia de altura era la única cosa pequeña en Javier. Todo lo demás en él era grande: su inglés perfecto, sus citas de Shakespeare tiradas con la naturalidad de quien las piensa en el idioma original, su conocimiento infinito, su generosidad para compartirlo, su amistad.

Esa cultura suya, tan vasta, tuvo su reencuentro tardío con Europa, que la vida le regaló recorrer de grande, y que lo deslumbró como pocas cosas lo habían hecho: caminar, por fin, los lugares que durante años solo había habitado en sus lecturas. Fue justamente en París donde me dejó una de esas frases suyas, mitad broma, mitad reclamo, con la seriedad que solo el humor culto sabe tener: había ido, decía, a reclamarle a la administración de cigüeñas por haberlo dejado en la Argentina y no ahí, donde tanto de lo que había leído toda su vida parecía haberlo estado esperando.

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Recuerdo una de sus respuestas a un reclamo mío, que decía tanto de él en tan pocas palabras:

“Sos un genio loco, muy loco, tenés que aprovechar esas cualidades y encontrar la pluma”, le dije.

Y su respuesta, que hoy releo con otro peso:

“Maybe. Someday”

Ese “algún día” ya no va a llegar de la forma que yo pretendía, pero Javier, con su pluma, sí encontró la oportunidad, una y otra vez, en cada carta, cada comentario, en cada reflexión que me regaló.

Porque Javier escribía. Y escribía con hondura filosófica, con sabiduría.

Cuando publiqué una nota sobre la Patagonia, me contestó con una reflexión sobre Borges y el infinito que todavía guardo, donde hablaba de “manantiales donde el infinito se expresa y desparrama”.

Y de cómo, al atravesar esa inmensidad,

“Se te van pegando hechos y personas… dejando marcas, posiciones y señales reconocibles e indelebles a las que la evocación rinde su merecido culto como afirmación de la vida, aun de aquellos que nos dejaron.”

No sabía, cuando lo escribió, cuánto iba a doler releerlo hoy.

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Era de esos amigos que no te dejaban cómodo en tus certezas. Una vez me escribió, con esa mezcla de humildad y soberbia que solo él sabía combinar, que había leído mi blog y que “en un acto de personal soberbia” pensaba que yo daba algunas cosas por sentadas. Y ahí iba, sin pedir permiso, a desmitificar, a discutir, a construir conmigo.

Javier
Javier

Así era Javier: un amigo que te quería lo suficiente como para no darte siempre la razón.

Tenía también una ternura enorme, la que reservaba para los suyos y que se desbordó del todo cuando nació su nieto. Escribió entonces unas palabras que todavía me conmueven:

“Tu abuelo, el abuelo que alguna vez a regañadientes me hiciste ser, quiere ahora temerosamente sostenerte en sus brazos, hasta que pueda abrazarte, hasta que me abraces, hasta que un día solo abraces mi recuerdo.”

Nunca imaginó, supongo, que esas mismas palabras iban a describir tan pronto lo que hoy nos pasa a todos los que lo quisimos.

Cada día de Reyes me escribía para desearme felicidad, con esa fórmula suya que mezclaba ternura y juego: “que si lloraba, fuera de risa; que si perdía algo, fuera el miedo”. Y alguna vez, sin solemnidad, me dejó una declaración que hoy leo como un testamento de nuestra amistad:

“No hace falta llegar a la luna para apreciar la amistad que nos une.”

No hacía falta, Javier. Nunca hizo falta.

Hoy me quedo con tus cartas, con tus citas, con tu ironía, con esa costumbre tuya de disentir para hacerme pensar mejor. Me quedo con Hamlet, esa frase que tanto te gustaba citar, sobre todo frente a quienes pensaban distinto pero, más que nada, frente a los ignorantes, a los cerrados en sus propias convicciones, a los que le temían al cambio:

“Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía.”

Gracias por tu amistad, querido petiso. Me resulta increíble pensar en tu ausencia.

Y como decías vos, citando a Guillermo:

“Estamos hechos de aquella materia de la cual los sueños están hechos, y nuestra pequeña vida está circundada por un dormir.”

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3 comentarios en “Recordando a Javier Rodríguez de la Reta”

  1. Muchas gracias José por dedicarle tan bellas palabras a mi papá.

    Lo describiste como sólo un amigo entrañable lo podía hacer.

    Nos hiciste lagrimear a todos los que te leímos (incluso Joaquín).

    Puedo imaginar la mezcla de dolor y de sonrisas pasando por tu corazón al escribir esas líneas. Él también te quería muchísimo, fuiste un gran amigo.

    Te mando un fuerte abrazo.

    Jimena (Rosalía para papá)

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  2. Gracias José por recordar así a mi viejo. Por ver esas cosas en él que no cualquiera pudo. Hablar bien de alguien cuando ya no está suele ser la norma, el protocolo social. Pero sé que en tu caso esas palabras están respaldadas por una emoción real. Esos detalles en los recuerdos son evidencia de que quien los evoca, los atesora de verdad y no que los saca del archivo por eventual necesidad. No creo contarte nada nuevo, pero él te quería y te respetaba muchísimo. Eras parte honoraria de un círculo al que no cualquiera tenía acceso.

    Ojalá como hijos estemos a su altura. No la física evidentememte.

    Fuerte abrazo, y gracias.

    Javier Alejandro.

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  3. Gracias por tan hermosas palabras dedicadas a mi padre, me emocionaron muchísimo, fuiste un gran amigo para él.

    Yo personalmente, siempre te recuerdo con muchísimo cariño.

    Un gran abrazo

    Martita

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