El sol salió para Isaac Newton

Sir Isaac Newton caminaba por el parque King’s Back a orillas del río Forth a la altura de Halloway Street. El día era reconfortante. El sol había salido luego de varias semanas de mal tiempo. Sus rayos brillantes caían verticales sobre la tierra y auguraban buen clima. A partir de ese día de abril,  los fríos del crudo invierno junto con las lloviznas y la pesada niebla de Cambridge quedarían atrás.

Newton tenía un problema que no pudo resolver por semanas enteras; el reto planteado lo estaba venciendo.

¡Si tan solo pudiera hallar la ley explicativa de las pruebas!

¿Cuál era el sentido de los números hallados en los inacabables experimentos…?—se preguntaba.

¡Si pudiera encontrar el nudo o la pregunta adecuada que lo guiara a la solución del problema!

¡Sí Gottfried Wilhelm Leibniz lo ayudara …!, Juntos podrían entender la cadena causal de sucesos. Principios, laberintos matemáticos, causas y efectos que no se correspondían, podrían hallar explicación.

Luego de caminar unas cuadras, decidió sentarse en un banco del parque. Y frente a un manzano se acomodó  e inclinó levemente la cabeza. El  sol tibio penetró su cuerpo. La modorra, consecuencia del nutrido almuerzo con cerdo, lentejas, y vino hizo su efecto y durmió.

Cayó en un sueño profundo y le sobrevino una terrible pesadilla.

Soñó que estaba en la luna, que mil años habían pasado, que su pelo y barba estaban blancos y su piel vieja y arrugada. Rodeado de un gris claro infinito que enceguecía sus ojos, estaba solo, muy solo, y en medio de la estepa sintió  un frío que le tomaba su cuerpo. No podía salir de la sensación que lo atrapaba. Sintió angustia. Quiso caminar y no pudo; no tenía fuerza. Un enorme peso le impedía moverse. Pensó que un elefante blanco estaba colgado en su espalda. A punto seguido, súbitamente le pareció que su cuerpo volaba. Se sentía una pluma, una mancha de luz en el aire. En su vuelo observó la otra cara de la luna y  la figura de la Tierra de fondo. Tierra y luna alineadas eran masas en conjunción. Su cuerpo caía y se aceleraba.  El aire lastimaba su frente cada vez más fuerte, hasta que se convertía en arena y lo hacía sangrar.

De repente, un ruido secó lo despertó. No supo que era. Hasta que otra manzana cayó del árbol. Dos manzanas se mostraban rojas y apetitosas sobre el pasto verde. Se frotó los ojos, despertó, y notó que había viento. Poco a poco fue tomo conciencia, tratando de recordar y entender su sueño, y repentinamente gritó:

—¡Lo tengo, lo tengo, hallé la explicación, lo descubrí!

De su cabeza brotaban, como manantial,  las  respuestas que buscaba. Se levantó, saltó y corrió de alegría,  su respiración se aceleró, y una sonrisa plena lo iluminó. Pensó en Leibniz y en que no precisaría su ayuda. Se habían invertido los roles. Ahora él, Isaac, ayudaría a Leibniz. En su mente, se dibujó la formulación de la gravedad, y le cerró todo.

Isaac Newton resolvió el problema, y escribió sus resultados en el libro Philosophiae naturalis principia mathematica poco tiempo después. Muchos científicos afirman que es el escrito más importante en la historia de la ciencia.

El sol brilló como nunca ese verano en Cambridge. La niebla gravitatoria había desaparecido para siempre.

Sir Isaac Newton Sir Isaac Newton

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