Punto sin retorno

“¿Push up, strappless o balconette? Nunca sé cuál es el  mejor para mi busto…”, decía la última nota de Fabiana en su diario personal. El oficial Pichetto recogió el cuaderno, lo puso con cuidado en una bolsa plástica y lo llevó a la jefatura. Pero fue la imagen del cadáver desnudo y lacerado lo que le rompió el corazón. La persistente visión, difícil de borrar, fue  causa de varios despertares  sobresaltados con  sudor frío sobre el cuerpo. Su hija tenía la misma edad y la misma obsesión por mostrar lindas sus  tetas como la occisa.

Habían pasado varios meses desde el asesinato y la investigación no avanzaba. El esposo de la víctima estaba descartado como culpable. En el día y hora del hecho estaba fuera del país; tenía comprobada su ausencia. Pasajes, listas de pasajeros, reservas de hoteles, asistencia y presentaciones a un congreso médico eran pruebas concluyentes. Todo cerraba. Se sabía por amigos y vecinos que eran una pareja despareja de años. Cada uno hacía su vida, pero eran discretos. Él salía con una secretaria y ella tenía un  antiguo compañero de facultad al que visitaba asiduamente en un departamento de la calle Arenales. Sospechosos naturales, los dos amantes estaban descartados como posibles culpables. Ambos tenían coartadas inmejorables.

Darío Pichetto, oficial de policía a cargo de las investigaciones, caminaba por la Galería Pacífico cuando observó en la vidriera de una librería el mismo libro de Kafka que había encontrado en la biblioteca de Fabiana. Recordó la frase que leyó aquel día trágico cuando hojeó por primera vez el libro: La historia de los hombres es un instante entre dos pasos de un caminante

También recordó el comentario de su superior, el comisario Montoya, cuando  le había dicho que   El Proceso y    El Castillo, eran muy buenas lecturas. Sintió curiosidad, entró y preguntó el precio. El libro no era caro, lo compró.

Tardó varios días en leerlo, la lectura no le gustaba mucho, Kafka le resultó denso y se sintió satisfecho cuando  leyó la última frase de  la novela: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar.”

Tiempo después, una vecina llamó a Pichetto  y le comentó que había visto un par de chicos que habían tocado la puerta de ella  y Fabiana para hablar de religión,  días antes del asesinato. Eran dos muchachos bien vestidos, de camisa blanca y corbata, sin saco, rubios, de aspecto extranjero. Los jóvenes mormones le habían contado que se habían sentido muy molestos cuando Fabiana estuvo con ellos. Ella los había atendido ligera de ropas, mientras un hombre le gritaba desde adentro:

“Dejá de boludear con esos pendejos”, a lo que ella contestó:

“Callate la boca pelotudo, que vienen a salvar mi alma” y les cerró la puerta en la cara.

El policía preguntó a la anciana por qué no lo había comentado en la primera entrevista. La vieja dijo que lo había olvidado, pero cuando los chicos habían vuelto días atrás, lo recordó y pensó que era importante contarle. El policía preguntó:

-¿Ha visto y reconocería al  hombre que estaba con Fabiana?- Después de pensar un rato, la vecina contestó que sí. Que una vez había visto a un joven alto con ella, era un mozo del “Venecia”, un bar a dos cuadras de la casa.

–o–

Cuando entró al bar, todo el mundo estaba prendido del partido entre River y Boca. Se oyó a uno de los parroquianos gritar desaforadamente:

-¡Era penal, garca! ¡Ojalá que te lo dejen como una margarita!

A Darío Pichetto le gustaba el fútbol, era  fanático de Boca. El partido estaba caliente. Pidió un café y se puso a mirar. Cuando llegó el entretiempo y la tensión paró, sacó el retrato de Fabiana, llamó de nuevo al mozo que lo había atendido y  preguntó si conocía a la mujer de la foto. El mozo asintió, dijo que frecuentaba el lugar, pero señaló  a otro  mozo como el que la atendía.

El investigador se levantó y se acercó al hombre marcado. Alberto era un muchacho corpulento, un tipo de espaldas anchas y cintura enjuta; le quedaba chico el uniforme caqui. Morocho, de pelo corto, era todo un semental. Tenía el  cuello tatuado con un dibujo maorí y sobre una de sus orejas un vistoso anillo plateado. Pichetto sacó la foto junto a su placa de identificación y le preguntó si la conocía. El grandote asintió, pero le dijo que hacía mucho que no la veía. El policía explicó que una vecina del barrio había declarado que lo habían visto junto a ella un tiempo antes del asesinato. Él se ruborizó y  fue entonces cuando le dijo que ahora estaba ocupado, que le contaría en otro momento porque no podía atenderlo. Darío asintió; el bar estaba repleto. Le dio una tarjeta y le pidió que lo llamara cuando pudiera hablar.

Alberto no llamó al policía nunca, así que Pichetto tuvo que hacerlo. Cuando le respondió, luego de varios intentos, quedaron en encontrarse en otro bar cercano al Venecia. El policía llegó un momento antes que el joven. Cuando se acercó a la mesa donde estaba Darío, Alberto se sentó frente a él y apoyó unos libros sobre la mesa. Llamó al mozo, y pidió un café. Fue entonces cuando el oficial le preguntó:

-¿De donde venís con esos libros?-

– Estudio literatura- y agregó-: Las apariencias engañan, deberías saberlo, ¡Vos sos cana!

Darío lo miró fijamente y su rostro hizo una mueca desagradable. El mozo trajo el café, corrieron los libros y uno de ellos cayó al suelo. Darío lo levantó. Era un libro de Franz Kafka. En la primera hoja estaba la siguiente dedicación: “Con amor y muchos más encuentros felices”, firmado: Fabiana. El oficial miró al semental y le dijo:

-¿Vos la mataste?  ¿Por qué lo hiciste, hijo de puta?

Alberto palideció, quedó sorprendido un momento, y le contestó:

– Ella me había prometido que dejaría al marido, yo le creí y seguimos la relación. Días después descubrí que tenía otro amante.

Pidió su libro  al policía, abrió la última página y  leyó en voz alta y socarrona:

A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar
 Y agregó -: Yo la maté.

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