«Transcurría 1834» –cuento–

Transcurría 1834, los días de mayo y de la independencia estaban lejos. Eran tiempos donde las provincias comenzaban con el proceso de organización nacional, necesitaban ser independientes del puerto y pelear contra los rioplatenses que no abandonaban sus privilegios, pero los habitantes de Buenos Aires solo tenían ojos para lo que venía de afuera, miraban a Europa, se ocupaban de cómo tener mas poder y cobrar impuestos. Permanecían ciegos a las opiniones del interior. Sus corbatones negros, camisas blancas impecables y aires de señores no le permitían ver lo que ocurría en las provincias. Ellos no se consideraban mal intencionados ni que tenían tirria a la gente del interior, pero conservaban para ellos la condición de señores y el resto eran meros esclavos a su servicio.  Defendían sus intereses, eran ignorantes que miraban su ombligo. Su maldito ombligo.

Sebastián Torres – de profesión cartógrafo- estaba furioso por una carta que le había llegado de Buenos Aires donde le ordenaban entregar sus mapas. El puerto necesitaba su trabajo y acumular laureles a su costa para el cobro de los impuestos a la tierra. Torres recorría el este de la provincia de Córdoba hacía más de cinco años. Se había comido los calores del verano, el polvo y la tierra de los vientos y los fríos inviernos que calaban sus huesos, pero, a pesar de la adversidad, había medido todo.  Junto con Pedro –su topógrafo y ayudante– con un teodolito Troughton & Simms, una brújula, un viejo inclinómetro, una cadena, y una tropa de peones y caballos habían relevado todos los campos del hoy departamento San Justo.  No se le había escapado nada. Con los datos en las libretas habían dibujado: caminos, ríos y riachos, huellas, pircas, montes, sembradíos, barracas, apeadores, pulperías y las escasas viviendas de aquel suelo virgen; todo el territorio estaba plasmado y registrado en sus cartas. Y ahora, Manuel Cáceres de Allende, abogado, secretario y ministro provincial vinculado a las políticas porteñas, delegado de turno del centro y circunstancial jefe, le reiteraba los términos de la carta y le ordenaba regalárselo al puerto.  La información era valiosa, mostraba con detalle las riquezas y posibilidades de las tierras cartografiadas.  Además, constituía una herramienta indispensable para manejar proyectos y cobrar impuestos. El poder quería saber cuánto podría el próspero departamento aportar al fisco y cómo dominarlo. Soñaban los porteños con las regalías que servirían para pagar una nueva lucha entre hermanos, como siempre, para generar servilismo y dependencia.

–No– le dijo y repitió nuevamente su negativa al burócrata y sátrapa de Caseres de Allende. Y el último “no”, lo había dicho con voz quebrada de bronca. 

La palabra del cartógrafo era definitiva. Cáceres de Allende no entendía nada, nunca había vivido semejante acto de rebeldía. Le quiso dar vuelta al asunto, endulzó a Sebastián con la promesa de un cargo mayor, le prometió aumento de estipendios y hasta un beneficio para Pedro, su topógrafo. Pero el cartógrafo no cedió, lamentó mucho la pérdida del beneficio para su fiel amigo y compañero, pero su posición seguía firme. No estaba dispuesto a regalar su trabajo para beneficio de la política de unos pocos. El objetivo de su trabajo era el desarrollo de la tierra, promover el progreso, generar nuevos bienes para el disfrute del pueblo.

El doctor Cáceres Allende no era una persona de darse por vencido fácilmente. Su familia era poderosa, el gobernador le debía favores y no permitiría la negativa de Torres. Para colmo sabía del mestizo linaje de su oponente y la sublevación de un morocho lo ofendía. Tomó como ofensa personal la negativa. El cartógrafo – de piel morena— era hijo de un hábil comerciante descendiente de españoles y una india norteña. Corría pos sus venas sangre criolla.

En la fiesta del diputado Albornoz, esa noche Cáceres estuvo junto al Gobernador. Luego de la opulenta cena, aguardiente de por medio, le contó la negativa del cartógrafo y su actitud irracional. El Gobernador lo oyó con atención y paciencia, y luego sugirió insistir con comprar a Sebastián con alguna otra prebenda.  Y dando fin al tema agregó:

 ¡Manuel, cómo usted sabe muy bien, todo hombre tiene precio! ¡Por favor, Inténtelo de nuevo!

El gobernador dando por terminado el tema, cambió de conversación, sumó a otros invitados a la charla, y siguieron hablando de política y mujeres. Sólo en otro momento surgió el tema de los mapas, fue cuando tocaron el tema del empréstito prometido por Buenos Aires que ayudaba a hacer alguna obra, profundizar su poder y solventar la próxima elección del gobernador. 

Cáceres no tuvo otra alternativa que acceder al pedido de su superior y se reunió con el cartógrafo. No solo intentó convencerlo de nuevo con beneficios, ofrecerle dinero, si no que lo amenazó. Y las amables palabras del inicio se transformaron rápidamente en una agria discusión. Pero la decisión estaba tomada, el cartógrafo no cedió y le manifestó que quemaría sus planos antes de entregarlos.

Pasó mucho tiempo desde aquel incidente; Sebastián salió huyendo de la provincia de Córdoba por muchos años, su vida tenía precio y sabía que corría peligro quedándose.  El destino, lo llevó al sur de la Provincia de Buenos Aires, y finalmente recabó en campos en los dominios del Restaurador. 

En esos años, el rojo punzó había ganado las chaquetas de muchos adictos. Gauchos, peones y doctores vestían de rojo. También de color rojo era la sangre derramada de los opositores al tirano. Con el paso del tiempo, Sebastián había ganado la confianza de Juan Manuel, le había mensurado los campos y con ello había ganado su confianza.  También se comentaba que el cartógrafo había facilitado a Rosas la compra de numerosas leguas de campo en la provincia de Córdoba. 

Para 1844, diez años después, a Cáceres Allende y a otro diputado de apellido Albornoz los asesinaron en una revuelta en manos de las tropas de la mazorca. El luctuoso hecho había sucedido a la vera del camino Real, en pagos de “Las Tapias”.  Borrachos y sedientos de sangre, los gauchos rojo punzó se habían topado con los señoritos y los habían pasado a degüello. También, en ese tiempo, había cambiado el color político de la provincia y el gobernador había tenido que abandonar su cargo.

En 1845, Sebastián Torres, apadrinado por Rosas, volvió a San Justo. Allí lo esperaba su antigua novia; María de las Mercedes, que luego fue esposa y madre de sus tres hijos. Al fin vivió una vida tranquila, de trabajo y disfrute de su familia.

Cuenta la historia que San Justo fue el único Departamento que no contribuyó con el impuesto a la tierra en la crisis conocida como “El pacto de Mendiolaza”. La gente de San Justo se había salvado de la hambruna provocada por el terrible flagelo de las sequías, de la voracidad fiscal del puerto y de los amanuenses cómplices locales. 

Sebastián Torres, el cartógrafo murió de tuberculosis en 1875. En su testamento había legado valiosas tierras a sus hijos. Los mapas, aunque deteriorados, todavía existen en el museo regional de San Justo. Oportunamente se usaron para obras de riego que enriquecieron aquellas tierras. Se dice que nunca sirvieron para el cobro de impuestos.  El pueblo de San Justo recuerda a Torres con una calle con su nombre.

Foto tomada de las redes sociales pra ilustración del cuento

***

Después de muchas marchas y contramarchas, esta ficción —con personajes falsos, historias imaginarias, pero de trasfondo verdadero— vuelve a repetirse. Siguen los paupérrimos beneficios locales, el poder del puerto vigente, los genuflexos que responden al centro, los nombres de calle con personajes verdaderos, muchos de ellos ilustres luchadores y nosotros desconociendo las historias que hay detrás de ellos.

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