Construyendo nuestra individualidad

Hace muchos años “Juan SinApellido” me contaba que el sentido de la vida es tener una posición individual, diferente y cada uno de nosotros tiene la posibilidad de construir la suya. Una única y diferente instancia del género humano. Agregaba: este motivo puede ser la razón principal por el cual vivir. En ese momento no comprendía lo que decía Juan. A decir verdad, ahora tampoco lo comprendo —me parece un imposible saber lo que pensaba en toda su dimensión—pero al menos puedo dar indicios, explicar algunas ideas útiles para mejorar, profundizar, entender y dar sentido a esas palabras.

Puedo decir que no somos tan diferentes unos de otros. Así sostengo que la muerte y las necesidades básicas de nuestro cuerpo nos hacen similares. Un conjunto de pasiones comunes nos habita; miedo, amor, odio, sexo, humor, alegrías y tristezas, gestos de bondad, envidia, esperanza, sufrimientos, el calor y el frío entre otras.  Todos somos homínidos, una clase de mamíferos del mundo animal. Hermanos. Todos tenemos el mandato innato de preservar la especie. Culturalmente, también somos parecidos en cuanto coincidan circunstancias, el espacio y el tiempo donde nos hemos desarrollado. Lacan[1] asevera que todo sujeto «no habla sino que es hablado». El filósofo quiere con estas palabras significar, según mi entender, que heredamos un lenguaje y una forma de pensar existente, anterior y condicionante.

Para muchos, “ser alguién” pasa por el verbo “tener”. Soy si tengo. Y si lo que tengo es de marca, soy más. En estos tiempos el imperativo es consumir, y la vivencia de insatisfacción es generalizada. Niños, jóvenes y adultos estamos sumergidos en la cultura del consumo, montada sobre la idea: ‘el deseo jamás se satisface del todo y se activa por la presencia de algo que nos falte’. Y como siempre algo va a faltar, seguimos consumiendo. También, en la búsqueda de la felicidad queremos ser felices como los demás, y eso es difícil, porque siempre les imaginamos más felices de lo que son en realidad. Encuentro en esta intención muchas de las desviaciones a las que nos vemos sometidos por presión de la propaganda y medios.

Pero digo también: cada uno de nosotros puede tener una comprensión del mundo, una construcción distinta de la misma realidad, armar un rompecabezas distinto. 

Ello nos permite tener una identidad, construir nuestro ser, y vale la pena luego seguir nuestra propia ficción. Si trascender fuera importante para algunos de nosotros, la individualidad que logremos es lo único por lo que nos recordarán. 

Me atrevo a decir ahora que nuestra imagen del mundo guía nuestro hacer. Cuando hablo de mundo quiero significar, mediante otras palabras que se trata de cosas tales como: nuestro universo o burbuja, cosmovisión[2], nuestra biosfera, paradigma rector, visión, sentido, razón de ser o una combinación de todas ellas.

En este mundo que construimos, que elaboramos, como mencionamos anteriormente, tienen mucho que ver las circunstancias que nos tocó vivir, al que se suman otros modelos de los cuales hemos aprendido y experimentado. Cosmovisiones, que otros humanos nos han impuesto[3], nos han querido imponer, o simplemente con la intención de llevar agua a su molino nos quieren vender. Y sí, porque ocultarlo, muchos hemos comprado, adherido o aceptado tendencias ajenas, modas, que incorporamos para definir nuestro ser y proceder.

También comprendo que muchos seres humanos —valiosos ellos—, valientes y libres, han construido sus propios mundos y además los han compartido. Muchas veces pagando el precio con aislamiento, incomprensión, pobreza, sufrimiento y dolor. Al respecto Vincent Van Gogh menciona:

” La normalidad es un camino pavimentadoEl camino es cómodo para caminar, pero no crecen flores en él.

Ejemplo de rebeldes como Vincent son: artistas, artesanos, escritores, filósofos, matemáticos, científicos, y tantos otros. Nombró unos pocos, destacados e interesantes para investigar sus historias: Van Gogh y Picasso en pintura, Borges, Sábato, o García Márquez en letras, Aristóteles o Nietzsche como filósofos, Galileo, Darwin y otros creadores de visiones no existentes, ni conocidas antes de su concepción. 

Fotografia de J.M. Ciampagna, Monmartre, París, Septiembre 2022

Somos constructores de mundos, armadores de rompecabezas, armadores de piezas de un mecano mientras recorremos nuestra vida. Sean ellos más o menos significativos para otros.

Dicho esto, sería clarificador preguntarnos ¿Cuáles son las piezas del mecano y cómo elegirlas?

Y las respuestas que encuentro son:

  • Las piezas son siempre necesarias, algunas de ellas inevitables.
  • ­A cada uno de nosotros se nos presentan piezas distintas y se presentan de distinta forma.
  • Podemos tomar algunas de ellas en forma estable (nunca definitiva), otras en forma provisoria y luego abandonarlas. Algunas convienen ignóralas o descartarlas y con otras no tenemos posibilidad de elegir; estamos obligados a tomarlas. Estas últimas son un dilema —sólo queda optar por el camino de menor perjuicio— y debemos aprender a gestionarlas de la mejor manera posible. Siempre hay pérdida ante el dilema.  
  • Cómo se distribuyen y quedan a nuestro alcance es un misterio, pueden ser una ventaja o una desventaja. Siempre son sorpresa, es lo que llamamos destino. 
  • En la elección de las piezas debemos ser cuidadosos. No solo las debemos elegir por lo bueno, debemos advertir que son como una moneda; tienen dos caras. Las piezas de este mecano tienen cara y seca, y la seca solemos ignorarla. Ver una sola está en nuestra naturaleza. No debemos también olvidar que tenemos dos manos, que agarrar es ocuparlas y como consecuencia otras piezas las dejamos afuera.  
  • Que hay piezas que son un sueño, y que debemos luchar por ellas.
  • Que otras piezas vienen con sorpresa, son engañosas o son cantos de sirena.
  • Que hay piezas que nos dan seguridad, nos afirman, son proveedoras de esperanza y de inmortalidad y nos quitan la incertidumbre. Pero hay otras, más sabrosas, que contienen sal y pimienta, que se apoyan en confiar en la vida o del encuentro con el prójimo, aquellas que nuestros sentidos aprecian, a veces a contrapelo de la manera de vivir con salud y seguridad.
  • Que muchas veces las piezas obtenidas hay que recrearlas, hacerlas propias, mantenerlas, cuidarlas, y ayudar a que florezcan.
  • Que adoptar el mundo de otros no siempre es conveniente porque nunca será el propio. Al hacerlo, te puede quedar la sensación de transitar un camino con un destino equivocado.

Y así vamos construyendo nuestro mundo, el único que tenemos, el nuestro, el que debemos arrastrar o empujar, el que puede ser para la tierra de otros: abono o maleza. Un mundo que humildemente nos permita vivir en paz, y al mirar atrás, con satisfacción, podamos observar lo construido, resistiéndose a ser genial (en palabras de Alejandro Dolina), pero que, con la humildad de Dolina, será el mundo que nos permita vivir una identidad.

Para cerrar esta charla acudo a las palabras de Eric Fromm:

“El peligro del pasado era que los hombres fueran esclavos. Pero el peligro del futuro es que los hombres sean robots”


[1] Jacques lacan, filósofo, psiquiatra y luego psicoanalista. https://es.wikipedia.org/wiki/Jacques_Lacan

[2] Una cosmovisión es una imagen o figura general de la existencia, realidad o mundo que una persona, sociedad o cultura se forman en una época determinada; y suele estar compuesta por determinadas percepciones, conceptualizaciones y valoraciones sobre dicho entorno. A partir de las acciones, los agentes cognitivos (sean estos personas o sociedades) interpretan su propia naturaleza y la de todo lo existente, y definen las nociones comunes que aplican a los diversos campos de la vida, como la política, la economía, la ciencia, la religión, la moral o la filosofía. Así que, a fin de cuentas, se trata de la manera en que una sociedad o persona percibe el mundo y lo interpreta.

[3] Para Foucault, el poder no se concentra en un lugar, no lo detenta alguien, sino que se ejerce en red, circula entre los sujetos y se manifiesta en ellos.

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2 Comments

  1. Hola José, veo que como siempre, todavía sigue vigente la frase «ver París y después morir».
    Con relación a la identidad creo que comencé a adquirirla a los 8 años cuando decidí que ya no les creía nada a los hermanos y curas de la escuela primaria (La Inmaculada Concepción) y nunca más me preste a la farsa de la comunión.

    Le gusta a 1 persona

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