A veces los sueños no inventan: recuerdan. Este relato nació de uno de esos sueños realistas que devuelven una época entera con una nitidez que la vigilia no tiene.
Neuquén, los domingos solos, el restaurante de siempre, y Juan —colega, amigo, agrimensor de raza— que aparecía con su camioneta y convertía el gris en compañía.
Juan ya no está. Pero en los sueños, todavía atiende el teléfono.
Esto es un homenaje pequeño y verdadero a los amigos que nos cubrieron en momentos de complejidad.
Además de la persona que refiero explícitamente —Juan Amusategui—, es también originado en el recuerdo de Roberto Paiva y Juan Albornoz, queridos amigos del recordado Neuquén, y de esa época de la vida que uno no sabe que está viviendo hasta que ya pasó.
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Una imagen de grises
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Apenas llegaba, le enviaba un mensaje que estaba en la ciudad. Llegaba los domingos, después del vuelo Córdoba-Neuquén con parada obligatoria en Mendoza. Los vientos sureños dejaban el estómago revuelto y el ánimo por el piso. El lunes comenzaba la semana, pero las tardes del domingo eran muy largas si las pasaba solo.
La escena era una imagen de grises.
Neuquén era una ciudad con muchas camionetas y poco humano caminando. Había gente en los supermercados, pero pocas actividades para quienes no tenían familia. El museo de arte o la caminata por la avenida Argentina hasta la barda eran las únicas alternativas posibles, y solo si el tiempo y el ánimo lo permitían.
El avión llegaba al mediodía. Cerca del almuerzo, la siesta era inevitable, con una copita de más para facilitar el sueño. No había mucho más para hacer.
Acomodé las cosas en el hotel. Tres cuadras me separaban del restaurante habitual. Me senté en la fila de mesas para dos. Alberto me preguntó qué quería comer.
—Decime el menú del día.
—¿Para tomar? —me preguntó luego de recitarme la pasta de los domingos.
—Creo que me quedó una botella de tinto guardada. Agrégale una soda.
Luego de comer, miré un rato la tele y volví al hotel.
Había viento. Estaba en Neuquén.
Al despertar, la primera mirada era al teléfono. Juan era colega, de Córdoba, preparado, buen profesional, con el vicio de buenas lecturas y años de terapia. Estaba separado y tenía hijos varones que llevaban su propia vida. Si no tenía planes con su hija, estaba libre. La esperanza de que hubiera leído el mensaje significaba asegurarme la cena en compañía: el menú de pizza obligatorio, las novedades compartidas, los bueyes perdidos, los imposibles retos de cambio en las instituciones catastrales. Eso era lo que necesitaba para que el domingo no me pesara.
El mensaje de Juan estaba: “Llámame cuando te despiertes de la siesta.”
Y así lo hice.
—¿Cómo estás? —abrí la conversación con lo de siempre.
—Y vos, ¿te toca Neuquén esta semana?
—Sí, me toca. ¿Qué haces esta tarde?
—Hay una buena película. Te paso a buscar a las siete y media —contestó Juan, con la seguridad de siempre.
Llegó en la camioneta que usaba para los trabajos de campo. Después del cine, la parada obligatoria en Franz y Peppone para disfrutar una pizza de muzzarella y cerveza negra. Siempre igual, siempre bien.
Me cambió el humor de golpe. Sentí alivio, ese alivio específico de saber que al final del día no me iba a preguntar: ¿qué carajo hacía solo en Neuquén?
El gris cedía. Llegaba el compartir con mi amigo, y con él la posibilidad de empezar bien la semana hasta volver al refugio familiar de Córdoba.
Una imagen de grises había cambiado de color. Eso era Juan.
Pero en los sueños realistas, de esos que se producen cuando uno extraña una época de su vida y extraña a los amigos del alma, pasados más de veinte años, los que se han ido atienden el teléfono y seguimos soñando hablar con ellos de bueyes perdidos.