Gritos de Libertad (nueva versión, mayo 2014)

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“Corrían tiempos difíciles. Me carcomían las entrañas la bronca de saber que había dos clases de gente. O se pertenecía a la corte del Rey o se era vasallo y esclavo. Las ideas de las castas superiores no admitían discusión. No había opinión diferente a la palabra del Rey y a la de los amanuenses apóstoles de la Iglesia. El conocimiento y las ciencias eran considerados cuestiones peligrosas y sus seguidores eran perseguidos por revolucionarios. Estaba prohibido pensar. Algunos ilustrados habían decidido luchar por la libertad, soñaban con que los postulados de la revolución francesa se hicieran realidad. La mayor esperanza de triunfar y poder ser libres estaba fuera de Europa. Muchos de nosotros apostábamos a que nuestros sueños se cumplirían en América.”

******

“Cuando abrí el libro, recordé aquellos lejanos momentos de juventud en que lo había leído por primera vez. Recordé al anciano benefactor, Don Juan Albornoz, quien me lo había regalado y advertí que debería encontrar pronto a un joven para pasarle la posta. Me sentía viejo y el secreto debía ser preservado; los códigos ocultos, el conocimiento y sabiduría construidos detrás de bambalinas, las verdades detrás del poder de las apariencias, no se podían perder. Estaba en juego la lucha por la libertad”. Decía el diario de Don José Francisco de San Martín, y continuaba:

“He cumplido 72 años, y estoy en el exilio. Desde mi niñez en Corrientes, muchos años han pasado y mi vida ha estado dedicada a pelear por la independencia. Pero hoy, la presencia dolosa de mis rodillas, el dolor de mis junturas raídas, la encorvada espalda y la toz persistente de mis pulmones gastados me gritan el transcurrir del tiempo. Me la paso recordando mis pasos por Murcia aprendiendo los secretos de la guerra en España, mis días en Londres, la creación del Regimiento de Granaderos a caballo. Mi memoria recorre la epopeya de San Lorenzo y la muerte de Cabral. Me estremece pensar cómo la política había ensuciado y desvirtuado todo.

— ¡Tanta sangre derramada al cuete…! — cuanto dolor, cuanta traición y muerte siento que ha pasado por mi vida.

Todavía me estremezco cuando siento en mi piel las sensaciones de sangre y muerte de las batallas de Chacabuco y Maipú. Sufro cuando el registro de mi olfato me trae el olor de los cuerpos descompuestos. Pasó al suspiro cuando revivo la grandeza de los paisajes del cruce de los Andes, el aire puro de las alturas y los caminos de la liberación de Chile y del Alto Perú.

En mi memoria también están los momentos tristes del encuentro con Bolívar en Guayaquil. Cuando por primera vez tuve miedo y fui consiente que podía perder la batalla por mis ideales. Bolívar había leído el mismo libro sagrado que Yo. Pero en el preciso momento de mi entrevista con el venezolano, conocí de la traición y división de la logia provocada por el nuevo Gran Maestre.

Recordé aquel hombre de pelo gris y gesto adusto, bigote grueso, de traje obscuro, camisa blanca y corbatón negro que me había regalado el preciado libro. La fisonomía del recuerdo del anciano era parecida al retrato que me había realizado Estanislao Del Campo en lápiz el año pasado. El cuadro era grande y lo había colocado en la pared del comedor. No cabía en otro lado. Cada vez que almorzaba o cenaba, estaba obligado a mirarlo y quedaba atribulado. Era yo o aquel hombre de bigotes blancos. Mi imagen, cuando me miraba al espejo, era parecida a la de Don Juan.

—Me confundía— Sentía perder la noción de tiempo. Era él o yo, el ayer o el hoy. Cuantas sensaciones extrañas sentía que pasaban.

Encerrado en mis pensamientos, en un laberinto sin salida, extrañé a Merceditas, y agobiado por la nostalgia, decidí caminar a tomar aire fresco y salir del penoso recuerdo. Estaba lejos y hacía mucho tiempo que no tenía noticias de mi hija. Antes de salir a la calle, busqué el libro, había decidido que era el momento de legarlo, y caminé por Bolougne-sur-Mer esa noche, en la región de Boulonnais. Corría una suave brisa marina en la costa de Calais y logré distraerme. Sentí frío, levanté las solapas de mi abrigo y miré el horizonte. No sin esfuerzo, erguí mi espalda corva para sentirme vivo. Logre tener la agradable sensación de existir y me quedó parado mirando el mar. Reanimado, seguí caminando y varios minutos pasaron hasta llegar al frente de la Abadía de Saint-Wimer. Cuando entré, el cura inglés me reconoció enseguida, dejó de rezar y salió a mi encuentro. El cuarto de la sacristía estaba oscuro cuando tomamos el té junto al sacerdote. Ambos nos relajamos ante la repetida ceremonia de compartir el mágico brebaje. Cruzamos pocas palabras, el cura me comentó que se volvía a Londres y entonces decidí darle el libro. Los dos comprendimos —sin decirlo— que ese momento era el último eslabón de la cadena de encuentros. Me confundí con el cura en un largo abrazo de despedida y cuando abandoné el calor tibio de nuestros cuerpos juntos, sentí el corazón desgarrado. Ambos sabíamos que era la última vez que nos veíamos y, con suerte, podríamos cruzar alguna carta en el futuro.
Cuando volví a casa, se dibujaron en mi mente las palabras secretas. ¡No lo olvidaré nunca! Aquellas frases que explicaban las razones de por qué defender la libertad:

“El miedo y la sumisión son enemigos de la razón. El ambiente tornase refractario a todo afán de perfección cuando triunfa el miedo; los ideales se angostan y la dignidad se ausenta; los hombres acomodaticios tienen su primavera florida, los dogmatistas y serviles aguzan sus silogismos para falsear los valores de la conciencia social; viven en la mentira, comen de ella, la siembran, la riegan, la podan, la cosechan,….
Es por ello que Ustedes deben –nuevos templarios- dar pelea a muerte por la libertad.”[1]

Mi cara esbozó una sonrisa. La produjo saber que nunca había bajado la guardia. Estaba convencido de haber cumplido mi juramento. También pensé que era momento de descanso, si bien reconocía en mí un ser responsable, era tiempo de que otros siguieran la lucha. Quise darme, al fin, la oportunidad de vivir en paz y descansar. En mi amigo el cura había depositado el libro y con el mis esperanzas.”

Así decían las notas de Don José de San Martín, el Libertador de los Andes. Muy pocas más se encontraron a continuación en su diario, antes de su muerte.

*****

Después de muchos años del fallecimiento del General San Martín, el sacerdote cumplió la promesa. No fue fácil encontrar en Inglaterra el perfil del joven que Don José le había señalado. Pero al fin lo encontró, era un joven militar de apellido Spencer Churchill. Él fue el nuevo poseedor del libro secreto. El tiempo, demostró que el presbítero no se equivocó en su elección.

En Boulogne-sur-Mer, años después de la muerte de Don José de San Martín, se erigió una escultura en honor al libertador de América. Durante la Segunda Guerra Mundial, estando el lugar bajo ocupación nazi, la ciudad soportó 487 bombardeos aéreos de los aliados. Numerosas bombas estallaron a uno y otro lado del monumento y sólo algunas ligeras esquirlas tocaron su base. Fotos posteriores a la liberación muestran las ruinas y, entre ellas, intacta la escultura del general. Según testimonios de la época, para el pueblo boloñés se trató de un milagro, para otros: “El grito de libertad estaba vivo”.

Para los integrantes de la logia, Churchill hizo honor a la Historia cuando ordenó a los pilotos de la Real Fuerza Aérea cuidar el monumento. Había respetado el linaje sagrado del libro que estaba en sus manos.

(Cuento de José M. Ciampagna)

Notas al pie:

[1]  Frase compuesta con palabras de José Ingenieros y modificaciones de autor

Este cuento es re-escritura de uno anterior publicado el 2 de diciembre del 2012. Esta nueva versión tiene correcciones. Una de ellas es que parte del cuento está escrita en primera persona  a indicación del profesor  Andrés (Tertulias para escribir).  

Etiquetas:

Categorías: Cuentos

Autor:José María Ciampagna -

profesor, agrimensor, ingeniero, aficionado a la fotografía, escribidor, informático, blogero, aspirante a cocinero y otras yerbas .....

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