
“Corrían tiempos difíciles. Me carcomían las entrañas la bronca de saber que había dos clases de gente. O se pertenecía a la corte del Rey o se era vasallo y esclavo. Las ideas de las castas superiores no admitían discusión. No había opinión diferente a la palabra del Rey y a la de los amanuenses apóstoles de la Iglesia. El conocimiento y las ciencias eran considerados cuestiones peligrosas y sus seguidores eran perseguidos por revolucionarios. Estaba prohibido pensar. Algunos ilustrados habían decidido luchar por la libertad, soñaban con que los postulados de la revolución francesa se hicieran realidad. La mayor esperanza de triunfar y poder ser libres estaba fuera de Europa. Muchos de nosotros apostábamos a que nuestros sueños se cumplirían en América.”
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“Cuando abrí el libro, recordé aquellos lejanos momentos de juventud en que lo había leído por primera vez. Recordé al anciano benefactor, Don Juan Albornoz, quien…